miércoles, 10 de julio de 2013

UN MAL DÍA

Hoy ha sido un día un poco extraño. He dormido mal, y lo peor de todo es que he tenido durante toda la noche la sensación de que la mujer que estaba a mi lado en la cama dormía todavía peor. Esa mujer es mi mujer. Y lo que a ella le duele, me duele a mí. Así que no ha sido un descanso reparador. El verano se ha torcido de mala manera, en parte por factores ajenos a la voluntad de los actores participantes en el drama, en parte por la tendencia al desvarío de uno de los protagonistas, servidor de ustedes.

Servidor de ustedes lleva envuelto en una especie de depresión varios meses. Pero no es una depresión cualquiera. Es una mezcla de culpabilidad, de inadaptación, de sentimiento de inferioridad y de pena por mí mismo, debido a mi reconocida incapacidad de defender mis ideas ante cualquiera. Un asunto chungo.

Como estoy casado, y tengo hijos (obviedades que a algunas personas le parecen insufribles), estos líos mentales míos afectan de manera más o menos directa a un montón de gente. Por ejemplo, a mi mujer. También a mis hijos, pero ellos son pequeñajos, y se las puedes colar con cierta facilidad. A mi mujer no.

Y mi mujer sabe que me estoy portando mal. A pesar de mis dolencias, de mi más que probable psicopatía, de mi depresión y de mis tensiones laborales (últimamente exacerbadas, todo hay que decirlo), no me estoy comportando como se esperaría de un buen marido y padre. ¿Qué quiere decir esto? Bueno, es difícil de explicar. Se podría resumir en que tiendo en ir cada vez más a mi bola, pasando del resto del mundo, y sintiéndome con derecho a echarle las culpas de todas mis malas reacciones a los gestos de los demás, sean estos razonables, indiferentes o claramente anormales. El caso es que el tic de buscar culpables en los demás es un importante obstáculo para encontrar la culpabilidad en uno mismo. Y de eso, precisamente, se trata.

Todo este tema, en condiciones normales, habría dado lugar a un internamiento en un hospital psiquiátrico (lo que, en mi opinión, sigue siendo la mejor opción) o a una bronca descomunal, con platos volando, insultos variados y de barroca sonoridad, y todas esas cosas tan entrañablemente domésticas.  Pero no. Mi mujer no es así. Ella lo encaja, lo procesa, permite apenas que unas lágrimas afloren a sus ojos (preciosos ojos, por cierto), y lo trata con una ecuanimidad insultante. Insultante para mí, claro, que me veo de repente haciendo el mono y portándome como un niño pequeño frente a una mujer que sabe lo que quiere, sabe lo que le importa y sabe lo que está dispuesta a hacer para conseguirlo, o para conservarlo. Pero que también sabe hasta dónde va a llegar. Sabe perfectamente dónde está la raya de la que nunca va a pasar, porque en ese caso los beneficios ya no compensarían las pérdidas. Compararse con una mujer así es un poco humillante. Lo pone a uno en su sitio, pero no es agradable. En el fondo, sabes que tiene razón, que el que está meando fuera del tiesto eres tú, y que con un poco de tiempo todo se enfriará, pedirás perdón y todo volverá por donde solía.

Sin embargo, tengo la impresión (atosigante, malsana impresión) de que en esta ocasión la cosa es distinta. Quizá porque ella ya me ha dado demasiadas oportunidades, y todo tiene un límite. Quizá porque ella haya encontrado otro hombre al que de momento ha dicho que no, pero frente al cual empieza a replantearse la respuesta, viendo que de mí cabe poco que esperar. Quizá porque yo no me siento con fuerzas de intentar siquiera volver a ser el hombre del que ella se enamoró. Quizá porque, aunque nos duela, la vida nos está demostrando que, contra lo que ella creía, yo no soy el hombre de su vida.

Hoy me ha traído al trabajo. Dado que últimamente le he cogido afición a destrozar coches, me encuentro actualmente sin vehículo. Y dado que mi estado depresivo no le permite irse tranquilamente al pueblo y dejarme de Rodríguez como otros veranos y se queda a dormir conmigo en León, ha aprovechado para acercarme al trabajo. Ha sido un viaje asquerosamente áspero. Triste. Doloroso. Han sido los 15 km más humillantes de toda mi vida. Ha sido un trayecto en el que me he dado cuenta, de una manera casi física, palpable, de todo el dolor que le estoy causando a la mujer que más me ha querido en la vida. Una mujer que apenas podía hablar porque tenía toda su atención concentrada en evitar el llanto. Es un tic de familia, a ninguno nos gusta llorar en público. A mí no se me ha ocurrido nada que decir. Y ella simplemente se ha dedicado a mirar la carretera, conducir y evitar mirarme.

He llegado al trabajo y nos hemos despedido. He intentado darle un beso. Sentía que tenía que hacerlo, pero preferiría no haberlo hecho. Creo que incluso la caricia de un obispo el dia de tu confirmación es mucho más sensual que el frío roce de labios que hemos pergeñado a través de la ventanilla del coche.

Todo va a ir bien, me dijo. O, no, no tiene por qué acabar mal. Si, eso es exactamente lo que me dijo. Y se piró, dejándome en la puerta de mi curro mientras como veía como se alejaba un coche que significaba mucho más que un trozo de chapa y cristal. Lo que se alejaba era la vida que una vez quise tener, y que no sé muy bien cómo me las he arreglado para echar a perder. Te quiero, le dije mentalmente. Tarde, como siempre.

Los pies se me habían pegado al suelo. No sé cuanto tiempo tardé en reaccionar y comenzar a caminar hacia mi oficina. A medida que me movía, me sentía como si estuviera viendo las imágenes registradas por la cámara instalada en la cabeza de algún otro. Como en uno de esos programas de extreme reality. Una sensación muy rara. He llegado al vestuario y me he puesto de faena. Me he sentado en la oficina, delante del ordenador, y he leído tres correos que ni he comprendido ni me han importado una puta mierda. Algo de documentación, de seguros, de planos... Y de repente me he puesto a caminar hacia la escalera de acceso a la cubierta de la nave. Siempre me ha gustado esta escalera. Tiene una altura entre peldaños ideal para subir sin cansarte demasiado. La única pega es que la superficie es de tramex, y puedes ver perfectamente todo lo que hay debajo de tí. A medida que subes, el acojono aumenta. Por suerte, yo no tengo vértigo, ni miedo a las alturas.

He subido despacio, sin pensar en otra cosa que disfrutar de la ascensión. Primero un pie, luego otro. Hasta que he llegado arriba. Creo que son 15 metros, pero nunca los he medido. En cualquier caso, por ahí andará la cosa. Y les aseguro que es suficiente para imponer respeto. He salido de la pasarela, perfectamente protegida por la barandilla excepto en un punto, y me he colocado en el borde de la cubierta.  Con los pies en el límite. Mirando hacia el suelo que acababa de abandonar hacía un minuto. Todavía tenía la respiración agitada por la subida. O quizá por algo más que la subida. No lo sé. Mirar hacia abajo me producía un efecto hipnótico. Una atracción fatal. Como cuando sabes que no debes hacer algo, como cuando sabes que una mujer no te conviene, como cuando sabes que ya no debes pedir esa última copa. No sé cuanto tiempo he estado así. En el borde del abismo. Pensando, supongo que por deformación profesional, cuánto tardará un cuerpo en caída libre en recorrer quince metros, y a cuanta velocidad se estampará contra el suelo. ( así de cabeza, me han salido  1,8 segundos y algo más de 60 km/h).

No sé cuanto tiempo he estado así. De repente, sin saber muy bien por qué, he sacado el teléfono y me he hecho una foto. Sale uno de mis pies, sale el borde del tejado, y sale el acogedor hormigón que me esperaría al final del trayecto. Y se la he mandado a mi mujer maldita. A la que vive en mis pesadillas, alimentándose de mis obsesiones. Su respuesta ha sido inmediata: sal de ahí, apártate, no lo hagas. Pero, para entonces, yo ya había comprobado que no podía hacerlo. Me falta valor. Son sólo 1,8 segundos, pero no puedo afrontarlos. Así que le pedí perdón y me despedí de ella. Espero que para siempre. Lo que no podría asegurar es que ese siempre dure más de uno o dos días. Quién sabe?

He vuelto al infierno avergonzado, hundido, y con todo mi mundo patas arriba. Nadie me ha dicho nada, lo que es casi peor que recibir las burlas de todos. Cuando no se atreven a burlarse, es que te deben ver muy jodido. No me extraña. Me siento muy jodido.

Se me pasará? Me consta que aquí abajo  hay apuestas al respecto. El suicidio se paga 4 a 1, de momento. Y creo que subirá.

Atentamente,

SS Morgenstern.

lunes, 8 de julio de 2013

WEEKEND

Este fin de semana ha sido, como mínimo, raro. El viernes tarde, comienzo oficial del fin de semana, servidor se llevó una hostia profesional como un piano, con lo cual su legítima se sintió obligada a aliviar un poco el trance. Y no me sean mal pensados. Me sacó de copas. Para mí que ella hubiera elegido otro modo de aliviar frustraciones profesionales, pero se ve que no me juzgó demasiado preparado para un arranque de pasión tumultuosa y curativa.
Así que me sacó de copas. En León, en Julio, es una de las mejores cosas que se pueden hacer por la noche, aparte de dormir y follar. Sales, das un paseo por lo viejo, te sientas en una terraza del Barrio Húmedo, y charlas, con esa desinhibición que te dan dos cañas y dos tapas de queso con cecina, de toda la puta mierda que te ha tocado tragar durante la semana. Con mayor o menor gracia y sentido del humor, que eso ya depende de cada uno.
Hacía siglos que no salía de cañas un viernes por el Húmedo, así que me sentía más extraño e intrigado que otra cosa. Los fenotipos han cambiado un huevo desde que yo frecuentaba esos ambientes y esos horarios, y ahora ya no me reconocería en la chusma que abarrota la mayoría de los locales. Se ve que ya no tengo edad para según que cosas.
Así que, después de una afinada búsqueda, definida por el criterio de encontrar el local más vacío posible, pudimos tomarnos un par de cañas en algunos garitos para mí desconocidos, pero con muy buena pinta, buen nivel de decoración y gran nivel de camareras. Las tapas, espectaculares. Las pintas del paisanaje en la calle, también, aunque en otro sentido. ¿Pero en qué cojones piensan sus padres para dejarlos salir de esa manera? En fin.
Un par de cañas y un gintonic después, tras una elegante, reposada y seguramente equivocada evaluación del mundo que nos ha tocado vivir, mi mujer decidió que ya era hora de hacerme callar, me dio un beso más para interrumpir la perorata que por deseos lúbricos, y me propuso irnos a casa.  Proposición que fue aceptada ipsofácticamente.
Lo que pasa es que por el camino uno se enfría, y el alcohol hace su efecto. Y cuando uno llega a casa lo único que le pide a la cama es que brinde una superficie cómoda para dormir la mona. El sábado ella trabajaba, así que tampoco estaba para muchos excesos, con lo cual la noche del viernes no acabó convirtiéndose en una bacanal merecedora del infierno.
El sábado ella madrugó, y yo no. Algo que compone una mezcla de satisfacción y culpabilidad. Al final ganó la culpabilidad, y servidor se levantó cinco minutos después de que su señora saliera por la puerta, camino de su destino de salvadora de cuerpos y almas. Lo que resultó en un sábado extremadamente largo. Los sábados extremadamente largos son una cosa que puede ser buena o mala dependiendo de si los empiezas con resaca o no. Yo lo empecé con resaca, así que la cosa no prometía demasiado.
La mañana transcurrió a cámara lenta. Ducha a cámara lenta. Afeitado a cámara lenta (gracias a Dios, para no tener que lamentar algún corte sangriento), desayuno insípido e indigesto, y horas vacías frente al televisor, intentando decidir si salir a correr era una buena idea o era un claro gesto de mala conciencia. Ganó la mala conciencia, y me calcé las zapatillas y el resto el utillaje para salir a trotar bajo los inclementes treintaypico grados del mediodía leonés.  Lo mejor que puedo decir de la experiencia es que sobreviví. Y que me crucé con una muchacha que corría produciendo un bamboleo de pechos que daba gloria verlo, pero eso es otra historia.
Superviviente del correteo bajo el solazo del mediodía, y una vez de regreso a casa, a salvo de las inclemencias del verano leonés, servidor se sintió con la conciencia lo suficientemente satisfecha para desperdiciar el tiempo en una ducha obscenamente larga, en una comida asquerosamente frugal, y en una sobremesa pecaminosamente ociosa, tumbado en el sofá enfrente de un televisor que sólo ofrecía documentales sobre cosas que nadie es capaz de apreciar.
Cuando uno intenta sobreponerse al sopor y a la maligna atracción del sofá, mira el reloj y resulta que son casi las nueve de la noche. Cosa extraña, porque por la ventana entra un solazo de muerte, pero, en fin, el reloj es el reloj.  Servidor se despereza lo justo para moverse hasta la cocina, atizarse un yogur y un kiwi y volver a la postura anterior, disfrutando de la programación por cable. Es decir, dormitando en el sofá.
Dormitando hasta que el reloj dio las dos y media, y algún ruido imprevisto me despertó lo suficiente como para reconocer que lo mejor era ir a la cama, aunque ésta estuviese vacía. Con el piloto automático en posición on, así lo hice. Los automatismos son una gran cosa, debo decir.
El caso es que los automatismos también tienen su parte chunga, y en mi caso eso consiste en que a las seis de la mañana me despierto, si o si. Conocedor de la imposibilidad de luchar contra el destino, intenté aprovechar un poco el tiempo retozando en la cama, pero eso es algo que nunca se me ha dado demasiado bien, sobre todo  estando solo. Así que a las siete y media decido rendirme a la evidencia, levantarme y preparar café. Supongo que mi legítima llegará a las nueve y poco, así que el cálculo del tiempo es fundamental.  El aroma del brebaje debe flotar por la casa, lo suficientemente intenso para que ella lo detecte, pero no tanto como para que prefiera ponerse a desayunar a despachar a un servidor, que lleva dos horas presentando armas en espera de la revista oficial. Un asunto peliagudo.
Al final, todo sale según lo calculado. Ella llega, me despacha, desayuna y se dedica a retozar un poco en la cama. Se lo ha ganado, que para eso ha currado toda la noche. Mientras yo preparo el equipaje para irnos al pueblo. A su pueblo. Me apetece ver a los críos. Me horroriza ver a mi suegra y a mi cuñada. Qué dilema. Mejor no pienses. Haz lo que te digan, que quedarás como un señor. Y además, después de follar todo es más fácil de aceptar.
Mínimamente recompuestos, partimos para Babia. Allí nos espera una casa impresionante, mis hijos, mi suegra y una cuñada solterona recalcitrante que tiene la extraña virtud de hacer que me suba la tensión sólo con abrir la boca. Un cóctel explosivo.
El domingo va que va. Los críos hacen ventosa, sobre todo el pequeño, y durante la mañana y gran parte de la tarde no se separan de mí. Luego llega la hora de la piscina y pasan de su padre olímpicamente, como debe ser. Cosa que se agradece, aunque se lamente en tanto constatación de que se están haciendo mayores. Quizá demasiado rápido.
Al final de la tarde, mi cuñada monta el número. Ya había tardado, pero era evidente que no iba a dejar pasar la oportunidad de aumentar su estadística. Aspira al record de refunfuñes de solterona malfollada, y está poniendo todo de su parte para conseguirlo. Si yo fuera el jurado, contaría con mi voto sin ningún género de dudas.
El caso es que, a esas alturas del día, después de escuchar tropecientos consejos sobre cómo vivir nuestra vida y de recibir la enésima bronca por no hacer las cosas bien, uno nota que el efecto de los tranquilizantes se esfuma de repente. Puf. Y que empieza a sentir una mala hostia africana que no puede conducir a nada bueno, así que propone abreviar el trámite, acelerar la cena, meter a los enanos en el coche y salir pitando. En previsión de males mayores.
El viaje hasta León es tranquilo, escuchando música clásica, hasta que los pitufos se duermen. Entonces mi legítima, a salvo ya de escrúpulos morales, saca la artillería y comienza el bombardeo/interrogatorio.
Y yo, la verdad, ya no estoy para estas cosas. Considerando que he pasado la mayor parte de la semana pensando que el suicidio era la mejor solución para mis problemas, que ahora me enchufen una moralina acerca de lo que uno debe sacrificarse por los demás, por los hijos, que todos nos mordemos la lengua de vez en cuando, etc….. pues qué quieren que les diga. Me pone un poquito de mala hostia. Consigo disimular lo justo para no liarnos a voces dentro del coche, que los enanos están durmiendo. Lo que quiere decir que le doy la razón en casi todo.
Llegamos a casa. Descargamos a los enanos en sus respectivas camas, dormidos como troncos. Y nos acoplamos en el sofá. Es el momento temido. Empiezan las justificaciones, los reproches, y los consejos bienintencionados. Decido evitarlos poniéndome a hacer abdominales. Y mañana será otro día.
A la una de la mañana, ella está dormida. Yo estoy rendido. Me tomo las pastillas para dormir. La despierto y la ayudo a dirigirse a la cama. Arropo a mi hijo mayor, que no se entera (tiene un sueño pesado). Pongo a mi hijo pequeño a hacer pis, porque su vejiga no le llega para toda la noche. Lo hace con el piloto automático, sin despertarse. Perfecto. Lo devuelvo a la cama, le doy un beso y el tío no se ha enterado de nada. Como debe ser.
Entonces voy a la cama. Mi mujer también. Nos dormimos medio abrazados, medio resentidos por lo que hemos dicho antes. Gracias a dios, tenemos tanto sueño que nos dormimos rápidamente.
Un gran fin de semana, sí señor.
Cuando lo he contado en el infierno, ha habido caras de extrañeza. Para eso tanto insistir en el tercer grado?
No he sabido que responder.
Atentamente,

Samuel S. Morgenstern.

martes, 2 de julio de 2013

TENTACIONES

Las tentaciones están por todas partes, acechando. Algunas son buenas, otras son neutras,  otras más malas que la quina. Algunas son de carácter inequívocamente pecaminoso (contra el sexto, concretamente; o contra el noveno, en ocasiones), pero otras son de un género más irracional. Tan absurdo que no cabría calificarlas como pecado. Por ejemplo, matarse. ¿Matarse es pecado?

En mi trabajo tengo que subir con cierta regularidad a estructuras que estan a varias decenas de metros del suelo. Es decir, que un vuelo sin motor hacia abajo sería lo último que disfrutaría en este mundo. Sería fácil. No sé si doloroso, pero bastante breve, seguramente. Y razonablemente seguro. Sería difícil sobrevivir a algo así.

Pero no se vayan todavía, aún hay más. Vivo rodeado de maquinaria pesada, que circula siempre un poquito más rápido de lo que la prudencia exigiría. Las prisas, ya se sabe. El caso es que, con la cantidad de esquinas y ángulos muertos que uno puede encontrar en las instalaciones, lo raro es que no haya más de un atropello diario. Seguramente porque la gente valora su pellejo y tiende a aferrarse a su vida. Pero si alguien, pongamos por caso un servidor, se aferrara un poco menos y se encontrara a la vuelta de una esquina bajo las ruedas de una excavadora, pues vaya por Dios, qué mala suerte. Pero tampoc iba a ser portada en los periódicos. No sé si me explico.

Las revisiones de los centros de transformación, centros de control de motores y cosas similares, electrificadas hasta los topes, con voltios amenazantes acechándote en cada esquina, son otro punto interesante. Cualquiera puede cometer un descuido y tocar el cable rojo cuando debería haber tocado el negro. Qué desgracia. Que pase el siguiente.

Luego hay algunos garrulos a los que les dejamos, no sé muy bien por qué, manejar el puente grúa. Imagínenese el panorama. Una nave de tránsito más o menos obligado con su espacio aéreo surcado incesantemente por bultos de mil kilos para arriba, manejados por tipos para los que distinguir el rojo del verde suele resultar un esfuerzo titánico. Quieren emociones fuertes? Pues pasen y vean.

Y ahora díganme que no pasaría inadvertido un suicido en estas condiciones. Considerando que la autoridad laboral y la policía judicial, como, desgraciadamente, me consta, necesitan probar sin ningún género de dudas que la víctima cometio una imprudencia temeraria que te cagas de la muerte para declarar que la empresa no tiene responsabilidad. Es decir, que si no me encuentran en el cuerpo (o lo que quede de él) alcohol, drogas o similares, y no haya testigos que me hayan visto bailar desnudo salmodiando versos satánicos al compás del runrún de las máquinas, la responsabilidad será de la empresa, y oficialmente no me habré suicidado. Será todo un disgusto para mis compañeros (para algunos más que para otros), para la dirección general (estas cosas siempre afean la imagen de la empresa) y para la compañía de seguros (que tendrá que soltar un pastizal, y eso siempre jode). Pero podría ser, oficialmente, una víctima más del opresivo y deshumanizador ambiente laboral en el que vivimos. Y más ahora, con la crisis.

Lo malo es que los vecinos que tengo aquí abajo, en el infierno, son un poquito cabrones, y no dejan de animarme. Como si yo necesitara ánimos, ya ven.

En fin, ya les contaré. O lo leerán en los periódicos.

Atentamente,

Samuel. S. Morgenstern.

miércoles, 26 de junio de 2013

ABRAZOS

Hay muchas clases de abrazos. Supongo que como de cualquier otra cosa. Abrazos de achuchón, abrazos viriles, acompañados de sonoras palmotadas en la espalda. Abrazos tiernos, cálidos y largos, de esos que deseas que no se acaben nunca. Abrazos apasionados, que comprometen seriamente la integridad física de los implicados. Podría seguir y no acabar.

Pero ahora les voy a contar una historia que tiene que ver con una clase de abrazo muy rara. De hecho, técnicamente no existe. La historia viene asociada a una sorpresa monumental, de esas que te dejan con la boca abierta, consciente de que estás poniendo cara de tonto, pero sin poder hacer nada para evitarlo.


Estamos preocupados- me dijo. Te notamos raro ultimamente. ¿Te pasa algo?

Una muestra de afecto desinteresada, genuina, verdadera. Me dieron ganas de llorar.

El despiste del otro día, el accidente del viernes... Te vemos un poco disperso. Bueno, no sé como decirlo, pero te vemos raro. No sabemos qué te pasa, pero es evidente que te pasa algo. No sé lo que es, pero aquí nos tienes para apoyarte en lo que sea, ¿de acuerdo?

Las ganas de llorar arrecian. No me esperaba una muestra de afecto de este calibre. No de él. No de ellos. Pero hacen que me sienta orgulloso de compartir la trinchera con ellos. Esbozo una triste explicación: el estrés, la presión, el médico, la medicación... pero  ya estoy mucho mejor. Él me echa un cable.

Si, nosotros también te vemos un poco mejor.

Bien, parece que la cosa va colando. Pero vuelve a la carga.

En cualquier caso, no te agobies, coño. Apóyate en nosotros, que para eso estamos. No revientes. Pídenos ayuda. Joder, que somos amigos, tío.

Mal que bien, le explico que ya estoy mucho mejor. Le brindo una mirada que pretende ser una demostracion de agradecimiento. Y entonces él, que en siete años de compartir trinchera no me ha tocado ni una sola vez, me pone la mano en el hombro. Más exáctamente, en el cuello. Y me brinda una caricia tan leve que nadie podría asegurar que ha existido. Pero que yo he sentido, y apreciado.

Y para eso estamos.

Y se va. Sale de mi despacho sin volver la vista atrás. Dejándome sólo el recuerdo de su mano en mi nuca, y de su mensaje en mis oidos. Dejándome con unas arrasadoras ganas de llorar. Y con la sensación de que hemos perdido la ocasión de darnos un gran abrazo.

He vuelto al infierno hecho una piltrafa.  Pensando en esa clase de abrazos, los que no has dado, que te persiguen toda la vida. Todos lo han notado. Nadie ha comentado nada, pero sé que, en el fondo, todos saben por lo que estoy pasando. Nada nuevo bajo el sol. La vida siempre ha sido así de perra, pero siempre ha habido gente dispuesta a echarte una mano.

Después de enjugarme las lágrimas, lo primero que se me ha venido a la mente es que estas vacaciones están siendo muy productivas.

Atentamente,

SS Morgenstern.

martes, 25 de junio de 2013

EL SENTIDO DE LA VIDA

La vida tiene un extraño sentido del humor. Sarcástico, corrosivo, desagradable y con una correción política  que deja bastante que desear. Pero, en ocasiones, tiene su punto, las cosas como son.

Después de meses viendo cruzar por el carril contrario camiones a toda hostia sin poder reprimir la idea de lo fácil que sería dar un volantazo y acabar con todo, pero sin acabar de decidirme y dejar pasar de largo una ocasión tras otra, un buen día que voy tranquilo y feliz, sin pensar demasiado en desparrames y sin que la cabeza se me vaya constantemente al agujero negro que últimamente absorbe todos mis pensamientos, me despisto un momento y me salgo de la carretera.

Es curioso como hay instantes en los que el tiempo parece adoptar una extraña modalidad en la que los hechos suceden a dos velocidades distintas. Por ejemplo, en el caso que nos ocupa, mientras el coche daba tumbos a toda velocidad, yo iba dentro, más o menos sin darme mucha cuenta de lo que pasaba, pero pensando a más velocidad incluso. Recuerdo haber pensado que era una putada matarse en viernes (ya puestos, un lunes, coño; te ahorras una semana de curro y les regalas un día de fiesta a los que quieran ir al entierro, por el motivo que sea, que yo ahí no me voy a meter). Recuerdo haber pensado si llevaba todo en regla: papeles, seguro, etc. Recuerdo haber pensado que era accidente laboral, con lo cual la cuantía de la indemnización del seguro cambiaba sustancialmente respecto a un accidente por contingencia común. Recuerdo haber pensado también que era una manera muy tonta de matarse, saliéndose de la carretera en un tramo recto que habrás recorrido no menos de un millón de veces en los últimos años. Hasta recuerdo haber sentido un cierto alivio al ser consciente de que llevaba los calzoncillos limpios y que, llegado el caso, estaría presentable en el depósito (cosas que las madres le inculcan a uno, qué quieren).

Pero no. Cuando los dos ramales del tiempo convergieron de nuevo en una sola velocidad, allí estaba yo, metido en un coche completamente destartalado, con una especie de kleenex gigante delante de los ojos (tarde un poquito en comprender que era el airbag, fláccido ya tras haber cumplido, muy bien, por cierto, su misión). Rodeado de cristales rotos por todas partes. Con gente acercándose con ánimo de ayudar. Y con la sensación de imbecilidad pesando como una losa sobre los hombros.

No necesité ayuda. Al menos, no la acepté. Salí por mi propio bien del coche, me aparté unos metros para coger perspectiva y contemplar la triste estampa que ofrecía el que había sido fiel compañero de correrías durante muchos años. Tranquilicé a los samaritanos allí congregados, con bastante eficacia, por lo visto, porque desaparecieron bastante rápidamente. Llegó la Guardia Civil para hacerse cargo del asunto. Algo que agradecí mucho, porque no me apetecía demasiado ponerme con papeleo. Sólo me apetecía llamar a mi mujer. Y lo hice, sin poder dejar de mirar el coche. Ha pasado esto. Estoy bien. Que sí, de verdad, estoy bien. Un despiste. Ven a buscarme, por favor. Pero tranquila, que estoy bien.

Esperé una media hora. Sentado en la cuneta, fumando un cigarrillo mientras la grúa rescataba los restos de mi querido coche. Con la mirada perdida. Tratando de decidir si aquello tenía algún sentido, o ninguno en absoluto. Cuando llegó mi mujer no había llegado a ninguna conclusión. Deseché la meditación y puse mi mejor sonrisa. Ella se tranquilizó. Los niños también. Yo bromeé un poco. Ya había pasado todo.

Y, sin embargo, de vuelta a casa, bajo el chorro purificador de la ducha, no puede volver a pensar en el extraño sentido del humor de la vida. Un tipo que lleva meses pensando en suicidarse se pega una hostia con el coche y sale sin un rasguño. Miles de tipos más o menos satisfechos con sus vidas salen un día de casa, se estampan contra un poste, o contra el autobús de la línea 7, y angelitos al cielo.

Cuando lo conté esa noche en el infierno, muchos de los congregados movieron la cabeza en señal de asentimiento. Te comprendemos, decían sus gestos. Pero no estoy seguro de si lo que entendían era mi extrañeza por todas las sensaciones que se agolpaban en mi cabeza, o si lo que comprendían, perfectamente además, era la extraña manera de bromear que tiene la puta vida.

Ahora, cuanto más lo pienso, más convencido estoy de que era lo segundo. Comprenderme a mí no es fácil, útil ni necesario. Comprender la manera de trastear que tiene la vida, tampoco es fácil, pero sí útil. Aprender a tomarse las cosas como vienen es un arte. Y, como todas las verdaderas artes, debe tener su origen en una revelación: la vida sólo puede tener sentido cuando uno deja de buscarle sentido. Sólo entonces uno puede empezar a disfrutar de los detalles buenos, soportar los malos, y no volverse loco. Eso es lo único que hay que aprender: a no buscarle sentido a nada.

Es un detalle simple, pero el infierno está lleno de gente que lo aprendió demasiado tarde. O demasiado pronto. Supongo que, como casi todo, es una cuestión de encontrar el momento adecuado.

Atentamente,

SS Morgenstern.

viernes, 21 de junio de 2013

MI ÚLTIMA COMPRA

En ocasiones, sortear los obstáculos es aterradoramente fácil. Una consulta con la federación autonómica de tiro olímpico. Te informan de los requisitos. No parecen demasiado complicados. Un examen psicotécnico, como el del carnet de conducir, y una visita a la Guardia Civil, donde te hacen un examen que da un poquito de vergüenza ajena. Vale. Ya tienes todo.
Ahora vuelves a la federación. Casualmente, no queda lejos de mi casa. Bueno, en realidad lo que queda cerca de mi casa es la galería de tiro. La sede de la federación, donde una aburrida administrativa llamada Silvia toma nota de las diligencias con una desgana que dan ganas de echarse a llorar, está situada en las instalaciones del estadio de fútbol de la ciudad, un faraónico monumento a la vanidad pueblerina erigido con dinero público, comme il faut. Pero la galería de tiro, que es donde realmente se huele la pólvora, queda cerquita de casa. Me voy para allá. Hola, buenas, qué tal. Mire, que tengo el permiso y quisiera federarme. Ya me he sacado el psicotécnico y hecho el exámen con la Benemérita. Usted dirá.

El tipo deja lo que está haciendo (desmontar una pipa, parece una Glock) y me atiende  con entusiasmo. Ah, por supuesto. Pues ahora me rellena la solicitud de ficha federativa y con eso ya está todo. Me tiende unos papeles (los mismos que ya he visto por internet). En cuanto haga el ingreso, todo estará en regla.

Ya, digo yo. Todo estará en regla pero yo seguiré sin tener pistola, que es de lo que se trata. El tipo pone una cara rara. No se ofenda, sigo yo, pero en Picolandia no han sido pródigos en detalles. Agradecería que me aclarara un poco los pasos a seguir, sabe usted.

Ah, bueno, por eso no se preocupe, gorgotea el hombre con alborozo. Ahora le explico, pero, vamos, lo fundamental es la licencia y la ficha federativa. Con eso ya vale. Luego, si quiere tirar, aquí le podemos dejar armas del club. Si quiere tener una propia, le explico los trámites. Usted no se preocupe por nada.

No creo que se me vea muy preocupado, la verdad. De hecho, me cuesta contener la sonrisa burlona que el tipo me inspira, porque imaginar a este hombrecillo en plan Clint Eastwood cuesta bastante. Pero, en fin, todo sea por aligerar los trámites. Lo que usted diga, digo yo.

Relleno la solicitud de ficha federativa, aporto la documentación que me ha facilitado el gremio del tricornio, apoquino la cuota y, ale hop, ya estoy capacitado para comprar una pistola. Impresionante, ¿a que sí? Nadie me ha preguntado si estoy en tratamiento psiquiátrico (por supuesto, hubiera dicho que no, y que investigaran, no te jode). Nadie se ha tomado la molestia de comprobar si tengo antecedentes penales (bueno, igual los civiles sí, y no me he dado cuenta; pero yo juraría que no se han molestado, la verdad). En estos momentos, previo pago del reconocimiento psicotécnico (que ha supuesto un stres considerable, no se crean, mantener la bolita en el carril, identificar las letras y pulsar cuando escuchas un pitido por el oído derecho no está al alcance de cualquiera) y de la cuota de la federación, ya soy un ciudadano autorizado por la constitución y las más altas instancias para poseer un arma de fuego. Ahora díganme que no es para echarse a temblar.

Ah, pero no. Falta un trámite. El hombrecillo me informa, ante mi insistencia en el tema de comprar una pistola, que para tener un cacharro de esos en casa hay que disponer de un armero clase III. Una caja fuerte homologada, para entendernos, que hay que tener en casa para guardar la pipa y la munición. Vale, no parece un obstáculo insalvable. Me dice el hombrecillo que por internet se encuentran buenas ofertas.

Su puta madre, buenas ofertas. La que menos, de las que yo haya visto, cuesta 600 pavos. Una mierda de caja fuerte del tamaño de una caja de zapatos. Joder. Pues ya puede ser segura, ya. En fin. Me consuelo pensando que todo es por un  buen fin. Y, al fin y al cabo, el dinero sólo sirve para gastarlo.

Un coleguilla de los que andaba por allí, por la galería, pegando tiros, se acerca discretamente. Me dice que lo del armero puede arreglarse. Que la Benemérita nunca hace inspecciones domiciliarias, que sólo hay que presentar en la Intervención de armas el recibo de haberlo comprado, y aquí paz y después gloria. Y que él conoce una armería de confianza que expende recibos como podría vender piruletas. Un chollo, vamos. No suena muy legal, pero, en fin, considerando para qué quiero la pistola, me vale. Le cojo los datos.

Días después, ya tengo el armero. O el recibo, que a los picoletos les vale lo mismo. Vuelvo a la galería de tiro de la delegación, a encontrarme de nuevo con el hombrecillo. Que ya lo tengo todo, le digo. Que ya puedo comprar la pistola. Ah, pues casualmente conozco a alguien que puede venderle la pistola ideal para empezar. Una Star del 22. Con la que hemos empezado todos. Perfectamente conservada. Una maravilla, oiga.

Se lo agradezco mucho, digo, pero yo estaba pensando en un calibre un poco más potente. Un 9 mm como poco. Me mira escandalizado. Eso sería un error, casi gimotea. Para empezar, controlar una 9 mm sería demasiado difícil. Y piense que tiene que pasar una competición, como mínimo, para renovar la licencia. Reconsidérelo, me ruega. todos hemos empezado con un 22.

Ya está reconsiderado, le digo yo, intentando no sonar demasiado borde. Pero, ¿sabe usted? el caso es que tengo las muñecas muy fuertes. Hago mucho ejercicio, y tal. Y siempre me ha llamado la atención un calibre como el 9 mm. Además, he visto en la página de la delegación que alguien vende una de segunda mano, a buen precio.

La mirada de espanto arrecia. Pero, pero.... No acierta a decir más. Así que aprovecho y me tomo su vacilación como un asentimiento tácito. Sabia que nos entenderíamos. Deme el número del vendedor, haga el favor. El pobre hombre no acierta a negarse. ¿Y éste es el responsable de todos los tipos que tienen licencia de armas en la provincia? Como dice mi padre, pasan pocas cosas.

Un par de llamadas y una transferencia después, soy el orgulloso propietario de una pistola de 9 mm. Marca Sig Sauer, fabricación suiza (las mismas que usa la guardia suiza del Vaticano, por cierto, detalle que no tiene nada que ver, pero que a un servidor, anticlerical recalcitrante, le pone un pelín cachondo). Modelo P 227, 9 mm.  Con capacidad para 10 balas en el cargador y una en la recámara (me han ofrecido el cargador de 14, pero he pasado, me parecía excesivo). Me han regalado una funda y una caja de munición a medio gastar. Me ha costado 450 leuros. Puesta en la intervención de armas de la Guardia Civil.

total, que otra vez a verle el careto a los de verde. Hola, buenas, vengo a recoger una pistola. Referencia tal, modelo cual. Aquí tiene caballero. Muchas gracias, muy amable. Todo ha sido muy cordial. Supongo que el hecho de que no les haya contado que pienso utilizarla para cargarme a mis jefes ha influido.

En fin, que aquí la tengo. Mola. Pesa. Es fría, dura. Es peligrosa. Me encanta. Y llevarla en la cadera es una sensación casi erótica. Me siento poderoso. Insultantemente poderoso. Me siento peligroso. Y probablemente lo soy. Para mí y para los demás. Porque no puedo dejar de pensar en la cantidad de cosas que se pueden hacer con una herramienta como esta.

Me atreveré?

Aquí en el infierno, las opiniones están divididas. Hay gente que apuesta por mí. Pero otros dicen que siempre han pensado que soy un bluff.

No sabría decir quién tiene razón. El tiempo decidirá.

Atentamente,

SS Morgenstern.


jueves, 20 de junio de 2013

OBSESIONES

Una de las cosas más difícil para un hombre, aparte de mear dentro del váter cuando te levantas empalmado por la mañana o cambiar de equipo de fútbol, es olvidarse de una mujer a la que, en su momento, quisiste tirarte y no pudiste, bien por impedimentos morales, físicos, de logística o de puta casualidad cósmica. Esas cosas se quedan ahí, muy dentro, en algún lugar indefinible a medio camino entre el cerebro y la entrepierna, latentes. Puede que no las notes, pero siguen activas. Simplemente, esperan su momento. Las mujeres deseadas y no conseguidas tienden a convertirse en obsesiones, y las obsesiones son asquerosa y aterradoramente pacientes. Pueden esperar años, siglos, vidas. Lo que haga falta. Hasta que un buen día, te comes una magdalena y te buscas la ruina. Quien dice una magdalena, dice un periódico, o un programa de radio, un comentario de un amigo, una foto vista en algún sitio. Qué más da. El caso es que ha vuelto. Tu mujer maldita. Tu obsesión.

Esta semana he vuelto ha hablar con ella. Para decirle adios, lo siento, me pienso suicidar, espero que todo te vaya bien. Pero, qué cosas. Después de hablar con ella ya no quería suicidarme. Sólo quería seguir hablando con ella. Bueno, y tirármela. Pero suicidarme no. Es un poco como lo que me pasa con la escritura: cuando estoy desesperado tengo ganas de escribir. Y me sale. Los dedos se mueven solos sobre el teclado. Y el texto parece tener sentido. Bien, ¿no? Pero entonces me siento tan bien, tan orgulloso de mí mismo, tan satisfecho de haberme conocido y de escribir así de puta madre que ya no tengo ganas de escribir. Me pongo a ello, lo intento, pero nada. Dame tiempo, esto no me había pasado nunca, enseguida estoy... puedo utilizar las más acreditadas excusas, pero es imposible engañar a la pantalla. Contento soy incapaz de escribir. Sólo cuando estoy asqueado puedo enfrentarme al insultante blanco de la pantalla. El resultado puede ser desigual, no lo sé, ni soy quién para decirlo, ni me importa demasiado, pero al menos soy capaz de escribir.  Y, a pesar de que, como ya he dicho, no puedo ser imparcial, cuanto más cerca estoy del abismo es cuando mejor escribo. Cuando menos quiero vivir, más se empeña la escritura en amarrarme a la vida. Pues con ella ha pasado algo parecido.

Sé que no debí hacerlo, pero no pude resistirme. Ya saben que soy fan declarado de Oscar Wilde, y aquello que dijo de vencer las tentaciones siempre me ha parecido un buen método. Quizá sea comodidad por mi parte, o falta de espíritu de sacrificio. Quién sabe. En cualquier caso, le escribí un breve mensaje. Y después otro. Y otro. Y después otro, ya no tan breve. Y a los diez minutos ya estábamos como hace tres años. Buscándonos las cosquillas. Por una parte, vuelve a ser divertido. Por otra, la sensación de pérdida presentida vuleve a ser insoportable. Por encima de todo, las ganas de tirármela siguen revoloteando sobre todas las conversaciones.

Quiero pensar que soy un caballero, y que lo único que pretendía era darle la oportunidad de decirme:¨"ya te lo dije". Que es algo que siempre reconforta, no nos vamos a engañar. Quiero pensar que fue sólo un momento de debilidad, y que levante la mano el que no ha tenido uno de ésos. Quiero pensar que estoy loco, y no sabía lo que hacía. Quiero pensar muchas cosas.

Pero en lo único que puedo pensar, aunque no quiera, es en estar con ella. En estar en el sentido menos casto de la palabra.  Lo que no me tranquiliza demasiado, la verdad.

Así que me he ido a dar un paseo por ahí, a conocer un poco los alrededores, a ver si me aireaba un poco. Ha sido un error. Porque me he encontrado, de  repente, en el segundo círculo. Rodeado de gente que me susurraba al oido "tíratela".

Como si necesitara que me animaran. Mierda de vecindario. Y es que aquí en el infierno es difícil encontrar buenas influencias.

Atentamente.

SS Morgenstern.