martes, 2 de julio de 2013

TENTACIONES

Las tentaciones están por todas partes, acechando. Algunas son buenas, otras son neutras,  otras más malas que la quina. Algunas son de carácter inequívocamente pecaminoso (contra el sexto, concretamente; o contra el noveno, en ocasiones), pero otras son de un género más irracional. Tan absurdo que no cabría calificarlas como pecado. Por ejemplo, matarse. ¿Matarse es pecado?

En mi trabajo tengo que subir con cierta regularidad a estructuras que estan a varias decenas de metros del suelo. Es decir, que un vuelo sin motor hacia abajo sería lo último que disfrutaría en este mundo. Sería fácil. No sé si doloroso, pero bastante breve, seguramente. Y razonablemente seguro. Sería difícil sobrevivir a algo así.

Pero no se vayan todavía, aún hay más. Vivo rodeado de maquinaria pesada, que circula siempre un poquito más rápido de lo que la prudencia exigiría. Las prisas, ya se sabe. El caso es que, con la cantidad de esquinas y ángulos muertos que uno puede encontrar en las instalaciones, lo raro es que no haya más de un atropello diario. Seguramente porque la gente valora su pellejo y tiende a aferrarse a su vida. Pero si alguien, pongamos por caso un servidor, se aferrara un poco menos y se encontrara a la vuelta de una esquina bajo las ruedas de una excavadora, pues vaya por Dios, qué mala suerte. Pero tampoc iba a ser portada en los periódicos. No sé si me explico.

Las revisiones de los centros de transformación, centros de control de motores y cosas similares, electrificadas hasta los topes, con voltios amenazantes acechándote en cada esquina, son otro punto interesante. Cualquiera puede cometer un descuido y tocar el cable rojo cuando debería haber tocado el negro. Qué desgracia. Que pase el siguiente.

Luego hay algunos garrulos a los que les dejamos, no sé muy bien por qué, manejar el puente grúa. Imagínenese el panorama. Una nave de tránsito más o menos obligado con su espacio aéreo surcado incesantemente por bultos de mil kilos para arriba, manejados por tipos para los que distinguir el rojo del verde suele resultar un esfuerzo titánico. Quieren emociones fuertes? Pues pasen y vean.

Y ahora díganme que no pasaría inadvertido un suicido en estas condiciones. Considerando que la autoridad laboral y la policía judicial, como, desgraciadamente, me consta, necesitan probar sin ningún género de dudas que la víctima cometio una imprudencia temeraria que te cagas de la muerte para declarar que la empresa no tiene responsabilidad. Es decir, que si no me encuentran en el cuerpo (o lo que quede de él) alcohol, drogas o similares, y no haya testigos que me hayan visto bailar desnudo salmodiando versos satánicos al compás del runrún de las máquinas, la responsabilidad será de la empresa, y oficialmente no me habré suicidado. Será todo un disgusto para mis compañeros (para algunos más que para otros), para la dirección general (estas cosas siempre afean la imagen de la empresa) y para la compañía de seguros (que tendrá que soltar un pastizal, y eso siempre jode). Pero podría ser, oficialmente, una víctima más del opresivo y deshumanizador ambiente laboral en el que vivimos. Y más ahora, con la crisis.

Lo malo es que los vecinos que tengo aquí abajo, en el infierno, son un poquito cabrones, y no dejan de animarme. Como si yo necesitara ánimos, ya ven.

En fin, ya les contaré. O lo leerán en los periódicos.

Atentamente,

Samuel. S. Morgenstern.

miércoles, 26 de junio de 2013

ABRAZOS

Hay muchas clases de abrazos. Supongo que como de cualquier otra cosa. Abrazos de achuchón, abrazos viriles, acompañados de sonoras palmotadas en la espalda. Abrazos tiernos, cálidos y largos, de esos que deseas que no se acaben nunca. Abrazos apasionados, que comprometen seriamente la integridad física de los implicados. Podría seguir y no acabar.

Pero ahora les voy a contar una historia que tiene que ver con una clase de abrazo muy rara. De hecho, técnicamente no existe. La historia viene asociada a una sorpresa monumental, de esas que te dejan con la boca abierta, consciente de que estás poniendo cara de tonto, pero sin poder hacer nada para evitarlo.


Estamos preocupados- me dijo. Te notamos raro ultimamente. ¿Te pasa algo?

Una muestra de afecto desinteresada, genuina, verdadera. Me dieron ganas de llorar.

El despiste del otro día, el accidente del viernes... Te vemos un poco disperso. Bueno, no sé como decirlo, pero te vemos raro. No sabemos qué te pasa, pero es evidente que te pasa algo. No sé lo que es, pero aquí nos tienes para apoyarte en lo que sea, ¿de acuerdo?

Las ganas de llorar arrecian. No me esperaba una muestra de afecto de este calibre. No de él. No de ellos. Pero hacen que me sienta orgulloso de compartir la trinchera con ellos. Esbozo una triste explicación: el estrés, la presión, el médico, la medicación... pero  ya estoy mucho mejor. Él me echa un cable.

Si, nosotros también te vemos un poco mejor.

Bien, parece que la cosa va colando. Pero vuelve a la carga.

En cualquier caso, no te agobies, coño. Apóyate en nosotros, que para eso estamos. No revientes. Pídenos ayuda. Joder, que somos amigos, tío.

Mal que bien, le explico que ya estoy mucho mejor. Le brindo una mirada que pretende ser una demostracion de agradecimiento. Y entonces él, que en siete años de compartir trinchera no me ha tocado ni una sola vez, me pone la mano en el hombro. Más exáctamente, en el cuello. Y me brinda una caricia tan leve que nadie podría asegurar que ha existido. Pero que yo he sentido, y apreciado.

Y para eso estamos.

Y se va. Sale de mi despacho sin volver la vista atrás. Dejándome sólo el recuerdo de su mano en mi nuca, y de su mensaje en mis oidos. Dejándome con unas arrasadoras ganas de llorar. Y con la sensación de que hemos perdido la ocasión de darnos un gran abrazo.

He vuelto al infierno hecho una piltrafa.  Pensando en esa clase de abrazos, los que no has dado, que te persiguen toda la vida. Todos lo han notado. Nadie ha comentado nada, pero sé que, en el fondo, todos saben por lo que estoy pasando. Nada nuevo bajo el sol. La vida siempre ha sido así de perra, pero siempre ha habido gente dispuesta a echarte una mano.

Después de enjugarme las lágrimas, lo primero que se me ha venido a la mente es que estas vacaciones están siendo muy productivas.

Atentamente,

SS Morgenstern.

martes, 25 de junio de 2013

EL SENTIDO DE LA VIDA

La vida tiene un extraño sentido del humor. Sarcástico, corrosivo, desagradable y con una correción política  que deja bastante que desear. Pero, en ocasiones, tiene su punto, las cosas como son.

Después de meses viendo cruzar por el carril contrario camiones a toda hostia sin poder reprimir la idea de lo fácil que sería dar un volantazo y acabar con todo, pero sin acabar de decidirme y dejar pasar de largo una ocasión tras otra, un buen día que voy tranquilo y feliz, sin pensar demasiado en desparrames y sin que la cabeza se me vaya constantemente al agujero negro que últimamente absorbe todos mis pensamientos, me despisto un momento y me salgo de la carretera.

Es curioso como hay instantes en los que el tiempo parece adoptar una extraña modalidad en la que los hechos suceden a dos velocidades distintas. Por ejemplo, en el caso que nos ocupa, mientras el coche daba tumbos a toda velocidad, yo iba dentro, más o menos sin darme mucha cuenta de lo que pasaba, pero pensando a más velocidad incluso. Recuerdo haber pensado que era una putada matarse en viernes (ya puestos, un lunes, coño; te ahorras una semana de curro y les regalas un día de fiesta a los que quieran ir al entierro, por el motivo que sea, que yo ahí no me voy a meter). Recuerdo haber pensado si llevaba todo en regla: papeles, seguro, etc. Recuerdo haber pensado que era accidente laboral, con lo cual la cuantía de la indemnización del seguro cambiaba sustancialmente respecto a un accidente por contingencia común. Recuerdo haber pensado también que era una manera muy tonta de matarse, saliéndose de la carretera en un tramo recto que habrás recorrido no menos de un millón de veces en los últimos años. Hasta recuerdo haber sentido un cierto alivio al ser consciente de que llevaba los calzoncillos limpios y que, llegado el caso, estaría presentable en el depósito (cosas que las madres le inculcan a uno, qué quieren).

Pero no. Cuando los dos ramales del tiempo convergieron de nuevo en una sola velocidad, allí estaba yo, metido en un coche completamente destartalado, con una especie de kleenex gigante delante de los ojos (tarde un poquito en comprender que era el airbag, fláccido ya tras haber cumplido, muy bien, por cierto, su misión). Rodeado de cristales rotos por todas partes. Con gente acercándose con ánimo de ayudar. Y con la sensación de imbecilidad pesando como una losa sobre los hombros.

No necesité ayuda. Al menos, no la acepté. Salí por mi propio bien del coche, me aparté unos metros para coger perspectiva y contemplar la triste estampa que ofrecía el que había sido fiel compañero de correrías durante muchos años. Tranquilicé a los samaritanos allí congregados, con bastante eficacia, por lo visto, porque desaparecieron bastante rápidamente. Llegó la Guardia Civil para hacerse cargo del asunto. Algo que agradecí mucho, porque no me apetecía demasiado ponerme con papeleo. Sólo me apetecía llamar a mi mujer. Y lo hice, sin poder dejar de mirar el coche. Ha pasado esto. Estoy bien. Que sí, de verdad, estoy bien. Un despiste. Ven a buscarme, por favor. Pero tranquila, que estoy bien.

Esperé una media hora. Sentado en la cuneta, fumando un cigarrillo mientras la grúa rescataba los restos de mi querido coche. Con la mirada perdida. Tratando de decidir si aquello tenía algún sentido, o ninguno en absoluto. Cuando llegó mi mujer no había llegado a ninguna conclusión. Deseché la meditación y puse mi mejor sonrisa. Ella se tranquilizó. Los niños también. Yo bromeé un poco. Ya había pasado todo.

Y, sin embargo, de vuelta a casa, bajo el chorro purificador de la ducha, no puede volver a pensar en el extraño sentido del humor de la vida. Un tipo que lleva meses pensando en suicidarse se pega una hostia con el coche y sale sin un rasguño. Miles de tipos más o menos satisfechos con sus vidas salen un día de casa, se estampan contra un poste, o contra el autobús de la línea 7, y angelitos al cielo.

Cuando lo conté esa noche en el infierno, muchos de los congregados movieron la cabeza en señal de asentimiento. Te comprendemos, decían sus gestos. Pero no estoy seguro de si lo que entendían era mi extrañeza por todas las sensaciones que se agolpaban en mi cabeza, o si lo que comprendían, perfectamente además, era la extraña manera de bromear que tiene la puta vida.

Ahora, cuanto más lo pienso, más convencido estoy de que era lo segundo. Comprenderme a mí no es fácil, útil ni necesario. Comprender la manera de trastear que tiene la vida, tampoco es fácil, pero sí útil. Aprender a tomarse las cosas como vienen es un arte. Y, como todas las verdaderas artes, debe tener su origen en una revelación: la vida sólo puede tener sentido cuando uno deja de buscarle sentido. Sólo entonces uno puede empezar a disfrutar de los detalles buenos, soportar los malos, y no volverse loco. Eso es lo único que hay que aprender: a no buscarle sentido a nada.

Es un detalle simple, pero el infierno está lleno de gente que lo aprendió demasiado tarde. O demasiado pronto. Supongo que, como casi todo, es una cuestión de encontrar el momento adecuado.

Atentamente,

SS Morgenstern.

viernes, 21 de junio de 2013

MI ÚLTIMA COMPRA

En ocasiones, sortear los obstáculos es aterradoramente fácil. Una consulta con la federación autonómica de tiro olímpico. Te informan de los requisitos. No parecen demasiado complicados. Un examen psicotécnico, como el del carnet de conducir, y una visita a la Guardia Civil, donde te hacen un examen que da un poquito de vergüenza ajena. Vale. Ya tienes todo.
Ahora vuelves a la federación. Casualmente, no queda lejos de mi casa. Bueno, en realidad lo que queda cerca de mi casa es la galería de tiro. La sede de la federación, donde una aburrida administrativa llamada Silvia toma nota de las diligencias con una desgana que dan ganas de echarse a llorar, está situada en las instalaciones del estadio de fútbol de la ciudad, un faraónico monumento a la vanidad pueblerina erigido con dinero público, comme il faut. Pero la galería de tiro, que es donde realmente se huele la pólvora, queda cerquita de casa. Me voy para allá. Hola, buenas, qué tal. Mire, que tengo el permiso y quisiera federarme. Ya me he sacado el psicotécnico y hecho el exámen con la Benemérita. Usted dirá.

El tipo deja lo que está haciendo (desmontar una pipa, parece una Glock) y me atiende  con entusiasmo. Ah, por supuesto. Pues ahora me rellena la solicitud de ficha federativa y con eso ya está todo. Me tiende unos papeles (los mismos que ya he visto por internet). En cuanto haga el ingreso, todo estará en regla.

Ya, digo yo. Todo estará en regla pero yo seguiré sin tener pistola, que es de lo que se trata. El tipo pone una cara rara. No se ofenda, sigo yo, pero en Picolandia no han sido pródigos en detalles. Agradecería que me aclarara un poco los pasos a seguir, sabe usted.

Ah, bueno, por eso no se preocupe, gorgotea el hombre con alborozo. Ahora le explico, pero, vamos, lo fundamental es la licencia y la ficha federativa. Con eso ya vale. Luego, si quiere tirar, aquí le podemos dejar armas del club. Si quiere tener una propia, le explico los trámites. Usted no se preocupe por nada.

No creo que se me vea muy preocupado, la verdad. De hecho, me cuesta contener la sonrisa burlona que el tipo me inspira, porque imaginar a este hombrecillo en plan Clint Eastwood cuesta bastante. Pero, en fin, todo sea por aligerar los trámites. Lo que usted diga, digo yo.

Relleno la solicitud de ficha federativa, aporto la documentación que me ha facilitado el gremio del tricornio, apoquino la cuota y, ale hop, ya estoy capacitado para comprar una pistola. Impresionante, ¿a que sí? Nadie me ha preguntado si estoy en tratamiento psiquiátrico (por supuesto, hubiera dicho que no, y que investigaran, no te jode). Nadie se ha tomado la molestia de comprobar si tengo antecedentes penales (bueno, igual los civiles sí, y no me he dado cuenta; pero yo juraría que no se han molestado, la verdad). En estos momentos, previo pago del reconocimiento psicotécnico (que ha supuesto un stres considerable, no se crean, mantener la bolita en el carril, identificar las letras y pulsar cuando escuchas un pitido por el oído derecho no está al alcance de cualquiera) y de la cuota de la federación, ya soy un ciudadano autorizado por la constitución y las más altas instancias para poseer un arma de fuego. Ahora díganme que no es para echarse a temblar.

Ah, pero no. Falta un trámite. El hombrecillo me informa, ante mi insistencia en el tema de comprar una pistola, que para tener un cacharro de esos en casa hay que disponer de un armero clase III. Una caja fuerte homologada, para entendernos, que hay que tener en casa para guardar la pipa y la munición. Vale, no parece un obstáculo insalvable. Me dice el hombrecillo que por internet se encuentran buenas ofertas.

Su puta madre, buenas ofertas. La que menos, de las que yo haya visto, cuesta 600 pavos. Una mierda de caja fuerte del tamaño de una caja de zapatos. Joder. Pues ya puede ser segura, ya. En fin. Me consuelo pensando que todo es por un  buen fin. Y, al fin y al cabo, el dinero sólo sirve para gastarlo.

Un coleguilla de los que andaba por allí, por la galería, pegando tiros, se acerca discretamente. Me dice que lo del armero puede arreglarse. Que la Benemérita nunca hace inspecciones domiciliarias, que sólo hay que presentar en la Intervención de armas el recibo de haberlo comprado, y aquí paz y después gloria. Y que él conoce una armería de confianza que expende recibos como podría vender piruletas. Un chollo, vamos. No suena muy legal, pero, en fin, considerando para qué quiero la pistola, me vale. Le cojo los datos.

Días después, ya tengo el armero. O el recibo, que a los picoletos les vale lo mismo. Vuelvo a la galería de tiro de la delegación, a encontrarme de nuevo con el hombrecillo. Que ya lo tengo todo, le digo. Que ya puedo comprar la pistola. Ah, pues casualmente conozco a alguien que puede venderle la pistola ideal para empezar. Una Star del 22. Con la que hemos empezado todos. Perfectamente conservada. Una maravilla, oiga.

Se lo agradezco mucho, digo, pero yo estaba pensando en un calibre un poco más potente. Un 9 mm como poco. Me mira escandalizado. Eso sería un error, casi gimotea. Para empezar, controlar una 9 mm sería demasiado difícil. Y piense que tiene que pasar una competición, como mínimo, para renovar la licencia. Reconsidérelo, me ruega. todos hemos empezado con un 22.

Ya está reconsiderado, le digo yo, intentando no sonar demasiado borde. Pero, ¿sabe usted? el caso es que tengo las muñecas muy fuertes. Hago mucho ejercicio, y tal. Y siempre me ha llamado la atención un calibre como el 9 mm. Además, he visto en la página de la delegación que alguien vende una de segunda mano, a buen precio.

La mirada de espanto arrecia. Pero, pero.... No acierta a decir más. Así que aprovecho y me tomo su vacilación como un asentimiento tácito. Sabia que nos entenderíamos. Deme el número del vendedor, haga el favor. El pobre hombre no acierta a negarse. ¿Y éste es el responsable de todos los tipos que tienen licencia de armas en la provincia? Como dice mi padre, pasan pocas cosas.

Un par de llamadas y una transferencia después, soy el orgulloso propietario de una pistola de 9 mm. Marca Sig Sauer, fabricación suiza (las mismas que usa la guardia suiza del Vaticano, por cierto, detalle que no tiene nada que ver, pero que a un servidor, anticlerical recalcitrante, le pone un pelín cachondo). Modelo P 227, 9 mm.  Con capacidad para 10 balas en el cargador y una en la recámara (me han ofrecido el cargador de 14, pero he pasado, me parecía excesivo). Me han regalado una funda y una caja de munición a medio gastar. Me ha costado 450 leuros. Puesta en la intervención de armas de la Guardia Civil.

total, que otra vez a verle el careto a los de verde. Hola, buenas, vengo a recoger una pistola. Referencia tal, modelo cual. Aquí tiene caballero. Muchas gracias, muy amable. Todo ha sido muy cordial. Supongo que el hecho de que no les haya contado que pienso utilizarla para cargarme a mis jefes ha influido.

En fin, que aquí la tengo. Mola. Pesa. Es fría, dura. Es peligrosa. Me encanta. Y llevarla en la cadera es una sensación casi erótica. Me siento poderoso. Insultantemente poderoso. Me siento peligroso. Y probablemente lo soy. Para mí y para los demás. Porque no puedo dejar de pensar en la cantidad de cosas que se pueden hacer con una herramienta como esta.

Me atreveré?

Aquí en el infierno, las opiniones están divididas. Hay gente que apuesta por mí. Pero otros dicen que siempre han pensado que soy un bluff.

No sabría decir quién tiene razón. El tiempo decidirá.

Atentamente,

SS Morgenstern.


jueves, 20 de junio de 2013

OBSESIONES

Una de las cosas más difícil para un hombre, aparte de mear dentro del váter cuando te levantas empalmado por la mañana o cambiar de equipo de fútbol, es olvidarse de una mujer a la que, en su momento, quisiste tirarte y no pudiste, bien por impedimentos morales, físicos, de logística o de puta casualidad cósmica. Esas cosas se quedan ahí, muy dentro, en algún lugar indefinible a medio camino entre el cerebro y la entrepierna, latentes. Puede que no las notes, pero siguen activas. Simplemente, esperan su momento. Las mujeres deseadas y no conseguidas tienden a convertirse en obsesiones, y las obsesiones son asquerosa y aterradoramente pacientes. Pueden esperar años, siglos, vidas. Lo que haga falta. Hasta que un buen día, te comes una magdalena y te buscas la ruina. Quien dice una magdalena, dice un periódico, o un programa de radio, un comentario de un amigo, una foto vista en algún sitio. Qué más da. El caso es que ha vuelto. Tu mujer maldita. Tu obsesión.

Esta semana he vuelto ha hablar con ella. Para decirle adios, lo siento, me pienso suicidar, espero que todo te vaya bien. Pero, qué cosas. Después de hablar con ella ya no quería suicidarme. Sólo quería seguir hablando con ella. Bueno, y tirármela. Pero suicidarme no. Es un poco como lo que me pasa con la escritura: cuando estoy desesperado tengo ganas de escribir. Y me sale. Los dedos se mueven solos sobre el teclado. Y el texto parece tener sentido. Bien, ¿no? Pero entonces me siento tan bien, tan orgulloso de mí mismo, tan satisfecho de haberme conocido y de escribir así de puta madre que ya no tengo ganas de escribir. Me pongo a ello, lo intento, pero nada. Dame tiempo, esto no me había pasado nunca, enseguida estoy... puedo utilizar las más acreditadas excusas, pero es imposible engañar a la pantalla. Contento soy incapaz de escribir. Sólo cuando estoy asqueado puedo enfrentarme al insultante blanco de la pantalla. El resultado puede ser desigual, no lo sé, ni soy quién para decirlo, ni me importa demasiado, pero al menos soy capaz de escribir.  Y, a pesar de que, como ya he dicho, no puedo ser imparcial, cuanto más cerca estoy del abismo es cuando mejor escribo. Cuando menos quiero vivir, más se empeña la escritura en amarrarme a la vida. Pues con ella ha pasado algo parecido.

Sé que no debí hacerlo, pero no pude resistirme. Ya saben que soy fan declarado de Oscar Wilde, y aquello que dijo de vencer las tentaciones siempre me ha parecido un buen método. Quizá sea comodidad por mi parte, o falta de espíritu de sacrificio. Quién sabe. En cualquier caso, le escribí un breve mensaje. Y después otro. Y otro. Y después otro, ya no tan breve. Y a los diez minutos ya estábamos como hace tres años. Buscándonos las cosquillas. Por una parte, vuelve a ser divertido. Por otra, la sensación de pérdida presentida vuleve a ser insoportable. Por encima de todo, las ganas de tirármela siguen revoloteando sobre todas las conversaciones.

Quiero pensar que soy un caballero, y que lo único que pretendía era darle la oportunidad de decirme:¨"ya te lo dije". Que es algo que siempre reconforta, no nos vamos a engañar. Quiero pensar que fue sólo un momento de debilidad, y que levante la mano el que no ha tenido uno de ésos. Quiero pensar que estoy loco, y no sabía lo que hacía. Quiero pensar muchas cosas.

Pero en lo único que puedo pensar, aunque no quiera, es en estar con ella. En estar en el sentido menos casto de la palabra.  Lo que no me tranquiliza demasiado, la verdad.

Así que me he ido a dar un paseo por ahí, a conocer un poco los alrededores, a ver si me aireaba un poco. Ha sido un error. Porque me he encontrado, de  repente, en el segundo círculo. Rodeado de gente que me susurraba al oido "tíratela".

Como si necesitara que me animaran. Mierda de vecindario. Y es que aquí en el infierno es difícil encontrar buenas influencias.

Atentamente.

SS Morgenstern.

sábado, 15 de junio de 2013

DÍAS DE VINO, ROSAS, BUITRES Y LORAZEPAM

La vida se ha convertido en una montaña rusa. Bueno, la vida no, mi vida, pero como resulta que es la que más me importa, tengo un cierto sesgo a la hora de opinar, que espero que ustedes sabrán disculpar. Los días son un tormento, atrapado en un trabajo que no me gusta, con una mujer a la que quiero demasiado para pedirle el divorcio, pero no lo suficiente para vivir con ella, y con unos hijos a los que adoro pero de los que preferiría tener noticias por internet, sin tener que aguantarlos todos y cada uno de los putos minutos que paso en casa. La educación tiene una parte de carrera de fondo que nadie nos había contado. O tal vez si, pero estábamos demasiado ocupados pensando en follar y no prestamos la debida atención. Un lamentable error.

El caso es que es a plena luz del día cuando todo parece amenazante, gris, peligroso. Cuando veo una realidad distinta de como era hace un tiempo. Tirando más a las películas de Tim Burton, para entendernos. O, si quieren que nos pongamos cultos y marquemos paquete de sensibilidad artística, con cierta estética de expresionismo centroeuropeo de fines del XIX. El cielo se llena de pajarracos que me vigilan. Son pacientes. Son tenaces. Y saben que tarde o temprano caeré, y podrán darse un banquete con mi alma. Intento no mirarlos, pero la alternativa es mirar ese otro mundo, deforme, absurdo, y al final me quedo con los buitres. Y los miro con ese coraje lunático que sólo tiene uno en el segundo final, un instante antes de que la fiera le pegue el zarpazo definitivo. Aunque nunca he pensado que la manera de morir importe demasiado (los italianos dicen que una bella morte honora tutta una schifossa vita, pero también votan a Berlusconi, así que como para hacerles caso), ahora prefiero acabar mirando a los buitres a los ojos. Son extrañamente impersonales. Quizá por eso dan tanto miedo.

Las noches vienen en mi ayuda, puntualmente. Dejo atrás todo lo que debo ser, y me concentro en ser simplemente lo que soy. Quizá debería sentir vergüenza por ser tan poca cosa, pero no. Una vez que lo aceptas, que asumes lo que hay, libera bastante. No tienes nada, no eres nada. No hay nada que perder. Y el mundo duerme, así que tú puedes dedicarte a disfrutar de los únicos momentos de paz en muchas horas. El mundo duerme y te deja en paz, y tú puedes asomar, desde tu rinconcito del infierno, y salir a dar un paseo. Ya no hay buitres. Ya no hay nada. Sólo calma. Eres el rey del mundo. Quizá el lorazepam tenga algo que ver. Bueno, ¿y qué demonios importa? Eres el rey del mundo. De un mundo que antes era amenazante y ahora se ha vuelto amable. Así, sin más. Tienes sueño, pero la fascinación por volver a ver todo como era antes, o como tú lo recordabas, hace que te resistas al sueño. Dormir sería una pérdida de tiempo, cuando tienes ante tí un mundo por fin de líneas rectas y colores tranquilos. Un mundo sin los chillidos amenazantes de los buitres hambrientos. Y sales a recorrer ese mundo, temeroso al principio. Te han enseñado a desconfiar de la calma, la trampa puede estar en cualquier sitio, donde menos te lo esperas. Pero la curiosidad, y el alivio, pueden más. Paseas toda la noche por campos de rosas. Y lloras.  Sobre todo al amanecer, cuando comprendes que has estado toda la noche caminando entre las rosas que nunca enviaste cuando debías, las rosas que alguien esperó de tí, siempre en vano.

El primer rayo de sol te estremece. Sabes lo que anuncia. A lo lejos suena un graznido, mientras una sombra comienza a adivinarse en el cielo todavía oscuro. Vuelven los buitres.

Y tú corres a esconderte de nuevo en tu rincón del infierno, aferrándote a tus pastillas, a recuerdos que nunca existieron, y a la rabia por todas las cosas que no hiciste, por todas las rosas que no enviaste. Aferrándote a los labios que no besaste, y que ya nunca besarás.

Quizá la rabia sea suficiente para sobrevivir otro día más en el infierno.

Atentamente,

SS Morgenstern.

jueves, 13 de junio de 2013

UNA POSIBILIDAD

¿A ustedes no les ha pasado nunca, eso de encontrar una perla entre la inmundicia y el estiercol? Es raro, poco frecuente, y desconcertante, cuando pasa. Pero a veces pasa. Por ejemplo, en una película que no te gusta, que te parece una chorrada y de la que no abandonas la sala porque has tenido una educación casi de posguerra y ya que has pagado la entrada te tragas toda la película, si o si. Es la versión cinematográfica de comerte todo lo que te ponen en el plato, que la vida no está para despilfarros. Y de repente, en medio de aquel pestiño, encuentras la perla, la revelación, la verdad.

Deberías considerar la posibilidad de que le caigas mal a Dios.

Incluso a mi, que soy ateo, esta frase me sobrecoge. Porque pone en solfa mucho más que un sentido de la vida. Pone en entredicho la vida misma. Quizá todo sea una cuestión de escala. Quizá nada tenga sentido. ¿Quién puede saberlo? El caso es que no podemos estar seguros de que Dios quisiera tenernos rondando por su planeta, por su casa. Quizá le suponemos un estorbo. Hay ratos en los que me imagino un Dios medio borracho, viviendo en una caravana cochambrosa y desordenada, gritándole a sus hijos y dando tumbos en busca de la siguiente botella de vodka. Puede que nosotros seamos los hijos de ese Dios borracho e iracundo. Tal vez nuestros instintos de supervivencia se deban a que crecimos en una casa de mierda, con una madre violada por un padre alcohólico, y lo primero que aprendimos fuera a esquivar los golpes de aquellos que supuestamente nos querían. O tal vez esto no sean más que rodeos para decir que la vida es una puta mierda.

Personalmente, prefiero una explicación de las miserias del mundo un poco más científica, con menos intervención divina. Somos animales en busca de la supervivencia, y hacemos lo que sea por conseguirla. Si puede ser con arreglo a las leyes vigentes en tu parte del mundo, mejor, pero sin obsesionarse. La evolución, la lucha por los recursos, todo eso. Una teoría que sirve para explicar gran parte del desbarajuste que se puede apreciar por todos lados, mire uno donde mire. Pero de vez en cuando me entra la vena mística y me da por pensar que quizá no sea todo tan simple, tan mecanicista. Quizá seamos realmente hijos de Dios, creados a su imagen y semejanza. Y es entonces cuando se me cae el alma a los pies.

Porque entonces Tyler Durden tenía razón. A pesar de no existir, a pesar de ser simplemente un delirio, una imagen fugaz en las noches insomnes de un loco, fue capaz de dar con la clave: Dios no nos quiere. Aunque seamos sus hijos. Aunque nos creara. Aunque seamos el fruto de su amor, o su lujuria, o de una borrachera que acabó en revolcón, Dios no nos quiere. Somos un estorbo. Así que tenemos que espabilarnos y buscarnos la vida. Hacer algo para demostrarnos a nosotros mismos que somos algo más que figuritas de barro colocadas en el teatro del mundo por un maestro de ceremonias de barba blanca y aspecto adorablemente angelical.

Quizá haya llegado la hora de aceptar que no le caemos bien a Dios. Que somos hijos no deseados.  Estamos en un lugar en el que nadie nos quiere, y en el que nadie nos va a ayudar.

Eso es la vida. Eso es la puta vida.

Cada vez estoy más convencido de haber acertado escogiendo el destino de mis vacaciones.

Atentamente, desde el infierno.

SS Morgenstern.