sábado, 15 de junio de 2013

DÍAS DE VINO, ROSAS, BUITRES Y LORAZEPAM

La vida se ha convertido en una montaña rusa. Bueno, la vida no, mi vida, pero como resulta que es la que más me importa, tengo un cierto sesgo a la hora de opinar, que espero que ustedes sabrán disculpar. Los días son un tormento, atrapado en un trabajo que no me gusta, con una mujer a la que quiero demasiado para pedirle el divorcio, pero no lo suficiente para vivir con ella, y con unos hijos a los que adoro pero de los que preferiría tener noticias por internet, sin tener que aguantarlos todos y cada uno de los putos minutos que paso en casa. La educación tiene una parte de carrera de fondo que nadie nos había contado. O tal vez si, pero estábamos demasiado ocupados pensando en follar y no prestamos la debida atención. Un lamentable error.

El caso es que es a plena luz del día cuando todo parece amenazante, gris, peligroso. Cuando veo una realidad distinta de como era hace un tiempo. Tirando más a las películas de Tim Burton, para entendernos. O, si quieren que nos pongamos cultos y marquemos paquete de sensibilidad artística, con cierta estética de expresionismo centroeuropeo de fines del XIX. El cielo se llena de pajarracos que me vigilan. Son pacientes. Son tenaces. Y saben que tarde o temprano caeré, y podrán darse un banquete con mi alma. Intento no mirarlos, pero la alternativa es mirar ese otro mundo, deforme, absurdo, y al final me quedo con los buitres. Y los miro con ese coraje lunático que sólo tiene uno en el segundo final, un instante antes de que la fiera le pegue el zarpazo definitivo. Aunque nunca he pensado que la manera de morir importe demasiado (los italianos dicen que una bella morte honora tutta una schifossa vita, pero también votan a Berlusconi, así que como para hacerles caso), ahora prefiero acabar mirando a los buitres a los ojos. Son extrañamente impersonales. Quizá por eso dan tanto miedo.

Las noches vienen en mi ayuda, puntualmente. Dejo atrás todo lo que debo ser, y me concentro en ser simplemente lo que soy. Quizá debería sentir vergüenza por ser tan poca cosa, pero no. Una vez que lo aceptas, que asumes lo que hay, libera bastante. No tienes nada, no eres nada. No hay nada que perder. Y el mundo duerme, así que tú puedes dedicarte a disfrutar de los únicos momentos de paz en muchas horas. El mundo duerme y te deja en paz, y tú puedes asomar, desde tu rinconcito del infierno, y salir a dar un paseo. Ya no hay buitres. Ya no hay nada. Sólo calma. Eres el rey del mundo. Quizá el lorazepam tenga algo que ver. Bueno, ¿y qué demonios importa? Eres el rey del mundo. De un mundo que antes era amenazante y ahora se ha vuelto amable. Así, sin más. Tienes sueño, pero la fascinación por volver a ver todo como era antes, o como tú lo recordabas, hace que te resistas al sueño. Dormir sería una pérdida de tiempo, cuando tienes ante tí un mundo por fin de líneas rectas y colores tranquilos. Un mundo sin los chillidos amenazantes de los buitres hambrientos. Y sales a recorrer ese mundo, temeroso al principio. Te han enseñado a desconfiar de la calma, la trampa puede estar en cualquier sitio, donde menos te lo esperas. Pero la curiosidad, y el alivio, pueden más. Paseas toda la noche por campos de rosas. Y lloras.  Sobre todo al amanecer, cuando comprendes que has estado toda la noche caminando entre las rosas que nunca enviaste cuando debías, las rosas que alguien esperó de tí, siempre en vano.

El primer rayo de sol te estremece. Sabes lo que anuncia. A lo lejos suena un graznido, mientras una sombra comienza a adivinarse en el cielo todavía oscuro. Vuelven los buitres.

Y tú corres a esconderte de nuevo en tu rincón del infierno, aferrándote a tus pastillas, a recuerdos que nunca existieron, y a la rabia por todas las cosas que no hiciste, por todas las rosas que no enviaste. Aferrándote a los labios que no besaste, y que ya nunca besarás.

Quizá la rabia sea suficiente para sobrevivir otro día más en el infierno.

Atentamente,

SS Morgenstern.

jueves, 13 de junio de 2013

UNA POSIBILIDAD

¿A ustedes no les ha pasado nunca, eso de encontrar una perla entre la inmundicia y el estiercol? Es raro, poco frecuente, y desconcertante, cuando pasa. Pero a veces pasa. Por ejemplo, en una película que no te gusta, que te parece una chorrada y de la que no abandonas la sala porque has tenido una educación casi de posguerra y ya que has pagado la entrada te tragas toda la película, si o si. Es la versión cinematográfica de comerte todo lo que te ponen en el plato, que la vida no está para despilfarros. Y de repente, en medio de aquel pestiño, encuentras la perla, la revelación, la verdad.

Deberías considerar la posibilidad de que le caigas mal a Dios.

Incluso a mi, que soy ateo, esta frase me sobrecoge. Porque pone en solfa mucho más que un sentido de la vida. Pone en entredicho la vida misma. Quizá todo sea una cuestión de escala. Quizá nada tenga sentido. ¿Quién puede saberlo? El caso es que no podemos estar seguros de que Dios quisiera tenernos rondando por su planeta, por su casa. Quizá le suponemos un estorbo. Hay ratos en los que me imagino un Dios medio borracho, viviendo en una caravana cochambrosa y desordenada, gritándole a sus hijos y dando tumbos en busca de la siguiente botella de vodka. Puede que nosotros seamos los hijos de ese Dios borracho e iracundo. Tal vez nuestros instintos de supervivencia se deban a que crecimos en una casa de mierda, con una madre violada por un padre alcohólico, y lo primero que aprendimos fuera a esquivar los golpes de aquellos que supuestamente nos querían. O tal vez esto no sean más que rodeos para decir que la vida es una puta mierda.

Personalmente, prefiero una explicación de las miserias del mundo un poco más científica, con menos intervención divina. Somos animales en busca de la supervivencia, y hacemos lo que sea por conseguirla. Si puede ser con arreglo a las leyes vigentes en tu parte del mundo, mejor, pero sin obsesionarse. La evolución, la lucha por los recursos, todo eso. Una teoría que sirve para explicar gran parte del desbarajuste que se puede apreciar por todos lados, mire uno donde mire. Pero de vez en cuando me entra la vena mística y me da por pensar que quizá no sea todo tan simple, tan mecanicista. Quizá seamos realmente hijos de Dios, creados a su imagen y semejanza. Y es entonces cuando se me cae el alma a los pies.

Porque entonces Tyler Durden tenía razón. A pesar de no existir, a pesar de ser simplemente un delirio, una imagen fugaz en las noches insomnes de un loco, fue capaz de dar con la clave: Dios no nos quiere. Aunque seamos sus hijos. Aunque nos creara. Aunque seamos el fruto de su amor, o su lujuria, o de una borrachera que acabó en revolcón, Dios no nos quiere. Somos un estorbo. Así que tenemos que espabilarnos y buscarnos la vida. Hacer algo para demostrarnos a nosotros mismos que somos algo más que figuritas de barro colocadas en el teatro del mundo por un maestro de ceremonias de barba blanca y aspecto adorablemente angelical.

Quizá haya llegado la hora de aceptar que no le caemos bien a Dios. Que somos hijos no deseados.  Estamos en un lugar en el que nadie nos quiere, y en el que nadie nos va a ayudar.

Eso es la vida. Eso es la puta vida.

Cada vez estoy más convencido de haber acertado escogiendo el destino de mis vacaciones.

Atentamente, desde el infierno.

SS Morgenstern.

TIEMPO DE HÉROES

Una vez leí, hace mucho tiempo, que nadie tiene muy claro lo que es un héroe. Para unos un libertador, para otros un asesino, para algunos un tipo con el coraje de hacer lo que debe cuando los demás sólo hacen lo que pueden... Ninguna definición me convenció, la verdad. O quizá el problema es que me convencieron todas. En cualquier caso, el concepto de héroe siguió estando durante mucho tiempo fuera de mi alcance, lejos de mi capacidad de comprensión. Por momentos me parecía una palabra sublime, por momentos una reliquia rancia y sin sentido. Héroe. Una palabra extraña, y a duras penas comprensible.

Recurro, como siempre, a la ayuda de lo más sabio que tengo a mano: mis hijos. Les pregunto: "Chicos, ¿qué es un héroe?". El peque siempre es el que más presta tiene la respuesta. Y sus respuestas suelen compensar con su velocidad su falta de precisión. El que mata a los malos, dijo. Vamos bien, pienso yo. Aunque entonces nos encontramos con un nuevo problema: ¿quiénes son los malos? Uf. Me parece que por aquí nos vamos a liar, porque si cada respuesta nos va a llevar a una nueva pregunta, esto puede ser muy largo. Así que me vuelvo hacia el mayor, algo más reposado, por si tiene un punto de vista distinto que arroje alguna luz sobre el asunto. Lo piensa unos instantes antes de responder con cautela, como con cuidado, quizá para que su hermano pequeño no se sienta ofendido al caer en la aparente simpleza de su respuesta. Un héroe, dice, es el que hace lo que está bien, aunque le cueste. Vaya. Intento disimular la decepción que me ha provocado su respuesta, pero la verdad es que esperaba más de él. Trato de bromear. Entonces, hacer los deberes te convierte en un héroe, ¿no? Y cuando mamá nos cuida y hace la comida, también es una heroína, ¿verdad? Y entonces pasa una cosa muy rara. Que mi hijo mayor, que no tiene entre sus mayores virtudes la capacidad para captar la ironía, se queda mirándome un segundo, muy serio, y contesta. Ajá.

Tiempo de intendencia. Hay que preparar baños, cenas, cepillar dientes, arropar niños.... Así que hasta un buen rato después no tengo el tiempo y la calma necesarios para meditar esa sucinta respuesta como se merece. Me tumbo en el sofá (me gusta este sofá, poner los pies en el regazo de mi mujer, y saborear los escasos momentos, siempre demasiado breves, de los que dispongo antes de volver al infierno) y me digo: ¿y por qué no? ¿Qué más le vas a pedir a un héroe? Hace lo que debe, aunque le cueste. No se debería necesitar más.

Y entonces, cómo tantas otras veces, la vida da una vuelta de campana, impulsada por la conmoción que supone que un enano de 7 años te dé lecciones de filosofía y ética vital. Haz lo que debas, aunque te cueste.
Esa era la clave de todo. La teníamos ahí delante, todo el rato, y fuimos incapaces de verla. Lo que debas. Aunque cueste.

Será cabrón, el enano.

En fin. Disculpen el exabrupto. Ya me vuelvo al infierno.

Suyo atentamente.

SS Morgenstern.

miércoles, 12 de junio de 2013

SI PUDIERAS ENTRAR EN MI CABEZA...

En verano de 2009, Robert Enke le confesó a su mujer, Teresa, que había estado buscando la manera de acabar con todo. De suicidarse. Ella le hizo prometer que no lo haría. Él le contestó: "Si pudieras entrar en mi cabeza, aunque sólo fuera un rato, entenderías por qué me estoy volviendo loco".

Poco tiempo después, el 10 de Noviembre de 2009, Robert se despidió de su mujer diciéndole que iba a entrenarse con el preparador de porteros del equipo. Cuando el tiempo pasó y él no volvía, Teresa supo que algo iba mal. Llamó a algunos amigos. Todos intentaron ponerse en contacto con él. El móvil de Robert no les devolvía la llamada. Algo que había llegado a ser habitual. cuando llamaron al equipo, el preparador de porteros les dijo que aquel día no había habido entrenamiento. Fue entonces cuando llamaron a la policía. Pero era ya demasiado tarde.

En aquel preciso momento, Robert Enke, de 32 años, futbolista profesional, portero del equipo de primera división Hannover 96, se dirigía a la estación de ferrocarril de la pequeña localidad de Neustadt am Rübenberge, cerca de Hannover. Cuando vio llegar el primer tren, se arrojó a las vías. Nadie pudo hacer nada por evitarlo. Enke fue arrollado por el tren, con resultados fatales.

¿Por qué se suicidó? ¿Quién puede saberlo? Tendemos a pensar que los ricos y famosos no tienen problemas, pero eso está muy lejos de ser cierto. Todos tenemos que arrastrar nuestra cruz. En algunos casos el peso es insoportable. Algo que sólo puede apreciarse desde dentro. Como todas las tragedias, la vida es algo sumamente íntimo.

Conocí a Robert Enke cuando fichó por el Barcelona, en la temporada 2002. Procedía del Benfica, y todos le recibieron como una gran esperanza, como la garantía que la portería blaugrana necesitaba. Sin embargo,  no cuajó. Después de una temporada, recaló en el Tenerife. Tampoco triunfó. Después de su aventura ibérica, Enke volvió a Alemania, y se hizo con un puesto en el Hannover 96. Pero ya nada fue igual.

El chico ilusionado que había salido de su hogar con apenas 19 años se había transformado en un hombre atormentado, que luchaba contra sus propios demonios y contra una indomable sensación de fracaso. La muerte en 2006 de su hija de 2 años, víctima de una malformación cardiaca, fue la puntilla. A partir de entonces, los demonios de Enke tomaron el mando. Y ya no hubo vuelta atrás.

Sin duda tenía sus razones, aunque fueran razones que nadie más podía entender. Quizá podía haber enfocado sus problemas, sus fracasos, de alguna manera más positiva, y tal vez el final hubiera sido distinto. Tenía 32 años, una familia que lo quería, una carrera más que digna en el deporte que amaba. Y nada de eso fue suficiente.

"Si pudieras entrar en mi cabeza, aunque sólo fuera un rato, entenderías por qué me estoy volviendo loco".

Ahora aprovechamos el tiempo echando unos partiditos aquí en el infierno. El tipo todavía para bien, y cuesta meterle un gol. Quizá el suicidio le quitó un peso de encima. O tal vez aquí abajo todo es más fácil, incluso hacer de portero.

Aunque, afortunadamente, ni siquiera aquí, en el infierno, nadie puede entrar en mi cabeza.

También afortunadamente, aquí no hay trenes.
Atentamente,

SS Morgenstern. 


miércoles, 5 de junio de 2013

DESPEDIDA

¿Saben una cosa? El infierno está muy mal valorado. Tiene mala prensa, pero no se está tan mal, en serio. En primer lugar,  viniendo de donde venimos nada nos va a pillar demasiado por sorpresa. Y, en segundo lugar, es un sitio en el que se pueden aprender muchas cosas. Gente con experiencia te la encuentras aquí a patadas. Y cada uno tiene su granito de arena que aportar. Cierto que la mayoría son cosas que no es demasiado recomendable poner en práctica, pero, en fin, como decían nuestras madres, el saber no ocupa lugar. Y por saber podemos entender lo mismo el método para resolver ecuaciones de segundo grado que la manera más dolorosa de romperle a un señor el cúbito, por ejemplo. Nunca se sabe cuándo puede hacer falta cada cosa. Personalmente, nunca he tenido que romperle un hueso a nadie (o sí, pero no me he atrevido), y sobre la ética del asunto se podría hablar largo y tendido, pero sigue siendo una forma de saber. Lo que es indiscutible es que yo en mi puta vida he tenido que resolver una ecuación de segundo grado, y eso que soy ingeniero.

Pero me estoy yendo del tema, que no quería hablar de ecuaciones ni de huesos rotos, sino de las cosas que aprendes en el infierno, compartiendo experiencias vitales (o mortales, según se mire), con la gente que merodea por aquí. Por ejemplo, uno de los temas recurrentes entre los inquilinos del lugar es no haberse despedido convenientemente de sus seres queridos y odiados. Porque esa es otra: irte sin tener tiempo para decirle a los que quieres que los quieres tiene que joder una barbaridad, pero que no tengas ocasión de decirle todas esas cosas que pensabas a ese personaje que tanta bilis te ha hecho tragar tiene que joder casi tanto como lo otro. En ocasiones, más.

Eso me ha hecho pensar. Y ya que yo tengo la oportunidad de despedirme correctamente (recuerden que yo sólo estoy aquí de vacaciones), voy a intentar esbozar una despedida para cuando llegue el gran momento y me traslade definitivamente. Qué diría. A quíen. Y cómo. En fin, allá va, a modo de ensayo.

En primer lugar, me despido de mi mujer. Sabes que te quiero mucho, pero no sé si he llegado a estar alguna vez enamorado de tí. Porque nunca he sabido lo que es estar enamorado. Si es sentir mariposas, ver lucecitas, corazones y poner vocecitas de osos amorosos, entonces, efectivamente, nunca he estado enamorado. Si es confiar en alguien hasta el punto de abrirme totalmente, y desear que tú te abrieras, con tus cosas buenas y tus cosas malas, y que confiaras en mí, entonces sí, estoy enamorado de tí. Lamentablemente, ha llegado un momento en que el amor no es suficiente. La vida, en general, era mucho más pesada que la liviana caricia de esos pocos minutos que pasábamos juntos. Y todo comenzó a volverse más oscuro, y tus defectos a sentirse más molestos, y tus debilidades más insoportables. Y ya nada fue divertido, a pesar del amor. Seguramente no fue por culpa tuya, pero en los últimos tiempos ya no suponías para mí el refugio contra el mundo que yo necesitaba. Y los ratos en los que no estabas resultaban extrañamente más agradables que los momentos de compañía. Con lo que hemos llegado a la paradójica situación de que te quiero tanto que haría cualquier cosa por tí, excepto estar contigo. Lo siento mucho. Pudimos haber sido mucho más felices, pero no tocó. Mala suerte. Deseo de todo corazón que te vaya bonito.

Mis queridos peques. ¿Qué puedo deciros a vosotros? ¿Qué podría hacer para que me perdonárais algún día esta imperdonable ausencia? ¿Cómo explicaros, a vuestros siete y cinco años, que hay día en los que vuestra sonrisa no me es suficiente? ¿Que ver cómo vais creciendo y convirtiéndoos en unas pequeñas y adorables personitas no me llena de orgullo como debería? Sois unos niños inmensos, inabarcables, inimaginables. Ni en mis sueños más locos hubiera podido pensar tener algo que ver en la creación de dos personas como vosotros. Sois tan hermosos, y tan listos, y me habéis ayudado tanto a ver el mundo a través de vuestros ojos asombrados que cada vez que lo pienso siento unas irrefrenables ganas de llorar de puro agradecimiento. Cada día me entregáis la promesa de los espléndidos hombres en los que sin duda llegaréis a convertiros. Y, sin embargo, como en el caso de vuestra madre, por algún extraño motivo, por algún perverso y degenerado mecanismo de mi mente, nada de esto es tampoco suficiente. Me hubiera gustado mucho veros crecer, y convertiros en todo lo que yo no he podido ser. Sentir esa mezcla de envidia y orgullo que dicen que significa ser padre. Lo siento mucho, pero me temo que no voy a llegar. Y sin embargo, creo que pierdo yo más que vosotros. Porque vosotros os libraréis de un personaje con mil taras, pero yo me perderé el florecimiento de dos personas extraordinarias.

Papá, mamá,... ¿qué puedo deciros? Gracias me parece demasiado poco, y pediros perdón por el daño que esto os supondrá sería una simpleza. Supongo que lo hicistéis lo mejor que pudistéis. Lo mínimo que puedo deciros es que siempre me sentí querido. No ha sido culpa vuestra. Simplemente, nací así. Con este inconformismo que hace que nada sea suficiente, y con esta tristeza crónica que siempre ha teñido la vida de gris. De gris oscuro. Os quiero mucho, y os admiro más de lo que nunca he sabido expresaros, cosa que me duele. Me hubiera gustado que os hubierais sentido tan queridos como nos hemos sentido nosotros.

Porque nosotros somos mis hermanos y yo. Mis queridos hermanos. ¿Qué puedo deciros a vosotros, hermanitos? Por momentos os he odiado, me ha sido difícil soportaros, nos hemos peleado.... pero cada golpe que os habéis dado lo he sentido como mío. Cada lágrima vuestra ha resbalado también por mis mejillas. Y cada triunfo, cada pequeña batalla ganada, me ha vuelto loco de orgullo. Habéis sido parte de mi vida desde siempre, y nunca os podré agradecer lo suficiente el hecho de que siempre estuviérais ahí. Creo sinceramente que nunca estuve a vuestra altura, lo que por una parte me avergüenza enormemente, pero por otra me tranquiliza al pensar que tampoco me echaréis tanto en falta. En cualquier caso, que os vaya bien. Y cuidad de vuestros sobrinos un poco, porfa.  Ella lo agradecerá, y sabéis que ellos os adoran.

Mi suegra. Ah, mi querida suegra. Dios sabe que he intentado quererte, pero he sido incapaz. Supongo que es un caso de caracteres incompatibles. De agua y aceite. Hubiera estado bien haber conseguido mayor intimidad, pero tu manera de ver la vida en general, y la familia en particular, no era la mía, ni de lejos. Espero, sinceramente, no haberte causado demasiada inquietud todas esas veces que seguramente has pensado que tu hija merecía algo mejor. Sin duda tenías razón. Lo siento. Me hubiera gustado sentirte parte de mi familia, y que tú me hubieras sentido parte de la tuya, pero creo que ninguno lo conseguimos. En fin, cuida de tu hija y tus nietos. Ya no te molestaré más.

Queridos cuñados, vosotros sois un caso aparte. Individualmente he conseguido apreciaros, a unos más que a otros. Colectivamente, vuestra sentido tribal de la vida me ha superado desde siempre. Supongo que nunca encajé, y que desde el principio os parecí un bicho raro. ¿Qué puedo decir? Al menos lo intenté. Sobre todo al principio, intenté integrarme en vuestro ritmo, en vuestras costumbres. Evidentemente, no lo conseguí. Perdón por todo aquello en lo que os pueda haber ofendido, y por favor, cuidad de vuestra hermana y vuestros sobrinos. Ellos no tienen la culpa de mis desvaríos.

Creo que no  me dejo a nadie. A nadie importante, quiero decir. Mi jefe también me echará de menos una temporada, supongo. Pero maldito lo que me importa.  Y mis compañeros de trabajo ya no podrán contar con mi extensa sabiduría inútil, llena de datos acerca de hazañas deportivas, ciudades remotas y personajes que todo el mundo olvidó hace mucho tiempo. Cosas todas ellas que superarán sin demasiado esfuerzo. Para eso está Google.

Y como esto se está alargando demasiado para ser una despedida, me gustaría acabar diciendo simplemente que espero no haber dejado el mundo peor de lo que me encontré. Puede parecer simple, pero nunca aspiré a más.

Eternamente suyo, desde el infierno.

SS Morgenstern.

martes, 4 de junio de 2013

RESPONSABILIDAD

En ocasiones, uno siente que no puede hacer lo que debe hacer, porque eso provocaría más dolor en los denmás que alivio en uno mismo. Es una situación frustrante, que nadie nos va a agradecer nunca, pero es difñicil solventar ese inconveniente de querer hacerse responsable de nuestra vida y de la de los demás, al mismo tiempo. Algo complicado, por decirlo de alguna manera suave.

Está claro que una jaimitada por mi parte afectará de una manera inequívoca a mis hijos y a mi mujer. Pero, y esto es algo en lo que no solemos reparar demasiado a menudo, si el hecho de aguantarme la jaimitada me convierte en una persona amargada, con la bronca presta, siempre dispuesto al vocerío, a la recriminación inclemente... ¿no afectará eso a los que me rodean? ¿No se convertirá más bien esta actitud en un cáncer que va royendo poco a poco la idea de lo que debe ser una familia, una estructura basada en el cariño y en el respeto? ¿Sería mejor desaparecer de repente, y dejar que se apañen como puedan con los recuerdos, muchos o pocos, que les haya podido generar, o aguantar contra viento y marea, degenerando en un ser amargado, hosco y difícil de soportar, que acabe convenciendo a todo el mundo de que la familia es una especie de lotería en la que no sólo tienes que soportar la convivencia con un ser impresentable, sino que además compartes con él una parte de la genética que te impulsa, en mayor o menor grado, a imitar esos comportamientos que tan repulsivos encuentras? Un bonito interrogante, ¿verdad?

Sin embargo, todo tiene sus matices, claro está. No es lo mismo encontrarse a tu padre colgando de una soga en el salón de casa, donde vas a pasar unos cuantos años todavía (años en los que te va a ser muy difícil alejar la imagen de un cuerpo bamboleándose con la cara abotargada sobre un charco de sus propios orines) que recibir un día la noticia de que tu padre, vaya por dios, ha tenido un desgraciado accidente cumpliendo con su deber y ha muerto. La pena puede ser la misma, pero la intendencia es mucho más fácil recordando a un mártir que a un suicida, sobre todo si éste último lleva asociado un recuerdo indeleble con el salón de casa. Al final, la elegancia también sirve para estas cosas. Por no hablar de que disimular puede suponer la diferencia entre cobrar o no cobrar el seguro. Un detalle a tener en cuenta..

La responsabilidad también te hace pensar en estas cosas. Y eso complica mucho la mecánica del suicidio. Nada es tan fácil como parecía en un principio.

Habrá que seguir pensando soluciones.

Suyo atentamente, aquí en el infierno.

SS Morgenstern.

lunes, 3 de junio de 2013

UN DÍA CUALQUIERA

A las 7:50 suena el despertador. Lo apago al primer pitido y me levanto, generalmente desenredándome de un abrazo indeciso pero persistente de mi mujer. Me dirijo hacia el pasillo, controlo que las puertas de las habitaciones de los niños están entornadas y vuelvo al baño. Me afeito, siguiendo siempre el mismo ritual, primero la mejilla izquierda, luego la derecha, acabo con la barbilla. Con el grifo abierto, y golpeando la maquinilla contra el lavabo para desatascarla cuando las cuchillas se embozan con los pelillos que van consiguiendo extirpar de mi jeta. Bálsamo, palmadas y, en los días más optimistas, posturitas ante el espejo.
Luego me voy al vestidor (en realidad es una habitación que vale para todo, donde tenemos el ordenador, la biblioteca, el tendedero, la tabla de planchar y tropecientas cosas más). Me visto y voy a la cocina. Recojo los platos del escurridor, los coloco en la alacena y me preparo el desayuno. Un café con leche y cinco galletas María. Desayuno de pie, frente a la ventana, mirando cómo despunta la mañana e intentando adivinar en qué tipo de día se transformará. Friego el vaso, recojo todo y vuelvo al baño. Me cepillo los dientes mientras siento que mi mujer comienza a revivir en la cama, lentamente. Muy lentamente. Para cuando he acabado, ella ya está de pie (no me atrevería a decir que despierta) y me acompaña hasta la puerta, me desea un buen día y me despide con un beso mientras cierra la puerta con cuidado, evitando hacer ruido para no despertar a la prole, que aún tiene el privilegio de un ratito más de sueño.

Mientras bajo por las escaleras (siempre uso las escaleras, no me gustan demasiado los ascensores) desactivo el modo silencio del teléfono. Compruebo que no hay mensajes. Llego al garaje y siempre me estremezco con la corriente fría que me recibe al abrir la puerta. Las mañanas de mi garaje casan mal con la tibieza de las sábanas que aún pugna por aferrarse a mi piel. Me dirijo al coche, arranco y me voy, mientras empiezo a escuchar la voz del pirata y su banda, que me reciben con clásicos del rock.

Recorro siempre el mismo camino, y mido mi suerte por el número de semáforos que encuentro en rojo o en verde. Generalmente tengo mala suerte, y pillo al menos dos en rojo. Son de los largos, pero no me molesta demasiado, porque voy con tiempo suficiente, y me permite mirar el mundo a mi alrededor desde ese perfecto anonimato que es un coche. Veo algún estudiante apresurado, alguno somnoliento, alguna señora de buen ver que me provoca un chispazo lastimosamente breve de lujuria, una sudamericana culona que no parece haberse enterado de que los leggins, como los borrachos y los niños, nunca mienten (y de que algunas verdades no son demasiado agradables de ver). Luz verde. Paso junto al reloj-termómetro, que me informa de la temperatura y de cómo voy de tiempo. Empiezo a dejar la ciudad atrás.

Llego al trabajo quince minutos después. Me he cruzado con un par de camiones y no he podido evitar pensar que hubiera sido tremendamente fácil pegar un volantazo en el último momento y empotrarme bajo sus ruedas. No creo que hubiera sobrevivido, pero tampoco estoy seguro. El caso es que no lo he hecho. Entro en el recinto, aparco el coche y veo que, un día más, soy de los primeros en llegar. Llego al vestuario, me cambio, hago unos estiramientos para alejar definitivamente los últimos restos de pereza que hayan podido aguantar hasta aquí, y entro en la oficina. Es entonces cuando ya no sé qué hacer. Me quedan por delante ocho horas, más o menos, en las que mataría por estar en otro sitio, en cualquier otro sitio. Brujuleo por internet, doy un paseo por las instalaciones, vuelvo a internet, espero la hora del café. Y vuelta a empezar: internet, paseo, espero la hora de la comida. Por la tarde es básicamente igual, salvo por el hecho de que ya estoy cansado de internet y tengo todavía más ganas de irme de allí. A cualquier lugar, no importa dónde, pero fuera de allí.

Hasta que llega la hora, he pasado por no menos de cinco sitios en los que he tenido de nuevo pensamientos peligrosos. El centro de transformación (¿qué se sentirá cuando 15.000 voltios recorren tu cuerpo?), la zona de trituración (el ruido de las cuchillas triturando acero es tan desagradable... seguro que la carne sería distinto), las máquinas (sería tan fácil... una esquina... oops, no lo ví... prácticamente se metió bajo las ruedas), el tejado (unos 20 metros; creo que serían suficientes)... ¿para qué seguir? Al final, llega la hora en la que puedo volver al vestuario, disfrazarme otra vez de persona normal y volver a casa, rezando por no cruzarme con un camión demasiado atractivo.

Llego a casa. Los niños me saludan, a veces efusivamente, a veces no tanto, algunas veces pasando directamente de mí. Mi mujer suspira, porque sospecha lo que pasa por mi cabeza durante todo el día, y para ella verme de vuelta es una victoria. O  una tregua. En cualquier caso, un alivio.

Ducho a los niños. Cenamos. Friego los platos. Acostamos a los enanos. Ella se dedica a brujulear por internet. Yo hago algo de ejercício en el salón, mirando la tele. Al cabo de un rato, los dos hemos acabado, nos encontramos en el sofá y nos damos unas pocas caricias silenciosas. El sueño nos vence. ¿Vamos a la cama?, pregunta siempre ella. Espera cinco minutos, contesto siempre yo. Pasan cinco minutos. Nos acostamos. Me acaricia mientras suspira y se acurruca sobre mi hombro. Mientras, yo cuento los segundos que me separan de otro día más. Igual que este. Igual que todos. Todos los días son iguales en el infierno.

A las 7:50 suena el despertador.... etcétera.

Con cariño, desde el infierno.

SS Morgenstern.